22 de febrero de 2009
Han sido tantas las veces que me he encontrado en la encrucijada esa de no saber si estoy siendo cautelosa al reabrir mi corazón o si simplemente estoy cagá del miedo…
Es que no es fácil. No sólo el ser humano tiene la tendencia a protegerse de sufrimientos, mal de amores y celos pasmaos, sino que también es mucho más fácil decir: “Pa’llá mejor ni miro’”.
Han sido tantas las veces que me he encontrado en la encrucijada esa de no saber si estoy siendo cautelosa al reabrir mi corazón o si simplemente estoy cagá del miedo…
Es que no es fácil. No sólo el ser humano tiene la tendencia a protegerse de sufrimientos, mal de amores y celos pasmaos, sino que también es mucho más fácil decir: “Pa’llá mejor ni miro’”.
Y he aquí lo jodido. Es como con un laberinto de ideas.
“¿Si me doy una oportunidad y salgo jodía? Pero, ¿si no me abro cómo
carajo sabré si saldré jodía? ¿Y si en el proceso me doy cuenta de que
no funciona y termino con el corazón roto (again!)? Pero para que algo
no funcione se necesitan dos, ¿no?”.
Esto me hace transportarme a aquellos días de noviazgo. Cuando creía que mi mundo entero giraba en torno a esa otra persona con quien (ahora no recuerdo bien por qué) decidí compartir mis días y mis noches.
Tener una relación estable (o inestable, qué más da), requiere paciencia, tolerancia, tiempo, esfuerzo, amor, entrega, compromiso, pero sobre todo, muchos, MUCHOS cojones.
Anyway, lo que pasa es que últimamente (y dale con el “mente”) siento que son cada vez más las personas cercanas a mí que se unen a mi cruzada: luchar contra los miedos pendejos que nosotros mismos nos inculcamos y que tantas barreras nos ponen.
El otro día hablaba con una amiga que quiero mucho, y me decía que no sabe qué coño le pasa. “O sea, llevo tres años buscando al jevo perfecto. Lo conocí hace unos meses, todo va de maravilla y tengo más miedo que un pajarito en la grama, amiga”.
“¡Joder!”, pensé. “Pues si tienes miedo, cómprate un perro pa’ que se coma al cabrón parajito”, le dije. Es que la gata Flora (a la que si se lo meten grita y si se lo sacan llora) es una pendeja al lado nuestro, ¿eh?
Queremos amar y que nos amen, pero nos da pavor cuando aparece alguien con las cualidades necesarias para no hartarnos “al cuarto día”, según las escrituras.
Olvidamos que es TODO un logro que – en estos tiempos- conozcamos un chico atractivo, inteligente, adinerado, profesional, listo, chistoso, con chispa, sexy, con base sólida y extremidades largas, alto, sincero, leal, educado, fino, respetuoso, buen hijo, compasivo, dulce y con el cool factor, entre otras cualidades básicas.
Una vez leí en algún lado que el miedo es eso que aparece cuando no somos capaces de definir un sentimiento. Y yo pregunto: “¿Cómo carajo se supone que se defina un sentimiento?”
Pero cómo saberlo, si en esos momentos en los cuales siento que pierdo la locura (porque queda clarísimo que la cordura la perdí hace tiempo), siempre aparece algún ser humano -que está más cagao que yo- dispuesto a joder con mi mente...
Por eso me lo paso diciéndole a mis amigos, que si uno no es parte de la solución, quiere decir que es parte del problema. Que cuando todo se nuble y sientan deseos de correr, lo hagan. Que corran pa’l carajo, y punto. Claro, pero que se aseguren que no les van a dar ganas de volver.
Es que con los años me he dado cuenta que cuando esa vocecita interior empieza a joder la pita, es por algo. Como dicen por ahí, que la confusión está clarísima (al menos en el 90 por ciento de los casos que conozco).
Ah, pero obvio que de afuera todo se ve clarito. Y lo digo por mi gran amiga y sicóloga personal y VIP, Giselle, que es uno de esos seres privilegiados capaces de analizar cualquier situación de la manera más simple y lógica.
Una vez me dijo: “Compañera, ya verá que dentro de poco, la estupidez no entrará en su radar y los juegos mentales sólo la harán cagarse, pero de risa”. Qué cierto esto…
Hoy, me rehúso a pensar que el miedo sea quien tome decisiones por mí. Y créanme que lucho diariamente para no caer en eso.
Ahora bien, lo más cabrón es que no falla que uno esté en las de joder por ahí libremente con quien le salga del culo (y sin remordimientos), llegue alguien con las cualidades anteriormente mencionadas, y se pongan los huevos a peseta...
Vamos, que no es lo mismo llamar al demonio que verlo venir. Y puedo dar fe de esto. “Estoy lista para tener carne nueva. Quiero un hombre que no conozca, que sea hombre de verdad, sin miedos y dispuesto al compromiso. Que venga para quedarse y que seamos felices per secula seculorum”, me despepitó una amiga el otro día, como si ná’.
Mientras la escuchaba con la oreja pará, pensaba: “Coño, esta cabrona sí que sabe lo que quiere. Y yo aquí jodía, que sigo pensando que no sé si prefiero a los reincidentes, porque al menos esos nunca cambian de idea”.
Nada como tener una amiga que te sirva de espejo. Mientras ellas te hablan y te cuentan qué carajo les está comiendo el coco en pleno PMS, tú puedes identificarte con la causa. Y lo cual es mejor aún, en ocasiones incluso esto te da break a darte cuenta lo pendeja que has sido todo este tiempo. Todo por culpa del miedo. ¡Del puto miedo!
Claramente, soy afortunada de tener tantas amigas comemierdas. Lo cual no es más que una gran confirmación de lo comemierda que soy yo. But then again, la aceptación es el primer paso a la felicidad.
Lo curioso es que a mí la gente siempre me ve como una persona valiente, atrevida y decidida. Y sí que lo soy.
En tres cuartas partes de mi vida sé lo que quiero. La otra cuarta parte es la que jode. Esa partecita de mí que se caga en la tela nomás de pensar que el amor llegue, toque a la puerta y traiga su propio sleeping bag.
Pero como Dios tiene un gran sentido del humor (y por lo general se ríe de nosotros, y no con nosotros), hace nueve años que todo cambió.
Una tarde de octubre, nació una niña que llegó a través del vientre de otra mujer, pero que estoy convencida que es mía. O que en otra vida fue mi madre. ¡¡¡Porque qué lógica tiene esta chiquita!!!
Estábamos en mi auto, de camino a Wonder Park. Ella tenía apenas tres añitos y yo le dije: “Gordi, no te dará miedo montarte en la montaña rusa, ¿verdad?”.
Inmediatamente, mi ahijada, uno de los grandes amores de mi vida, me miró con esos ojitos que me derriten, y dijo (sin miedo): “Titi, pero es que el miedo no existe. ¿Por qué tú tienes miedo?”.
“¡Toma tu yuca! Estos niños de hoy en día saben con cojones… ¿Y qué se supone que le conteste yo a esta pioja sabionda?”, pensé temerosa.
Pues nada. Simplemente, hicimos un pacto. Le prometí que nunca más tendría miedo.
Que ya lo dijo Silvio Rodríguez, ¡coño!: “Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar…” ¡AMÉN!
Diva Silente ©
Esto me hace transportarme a aquellos días de noviazgo. Cuando creía que mi mundo entero giraba en torno a esa otra persona con quien (ahora no recuerdo bien por qué) decidí compartir mis días y mis noches.
Tener una relación estable (o inestable, qué más da), requiere paciencia, tolerancia, tiempo, esfuerzo, amor, entrega, compromiso, pero sobre todo, muchos, MUCHOS cojones.
Anyway, lo que pasa es que últimamente (y dale con el “mente”) siento que son cada vez más las personas cercanas a mí que se unen a mi cruzada: luchar contra los miedos pendejos que nosotros mismos nos inculcamos y que tantas barreras nos ponen.
El otro día hablaba con una amiga que quiero mucho, y me decía que no sabe qué coño le pasa. “O sea, llevo tres años buscando al jevo perfecto. Lo conocí hace unos meses, todo va de maravilla y tengo más miedo que un pajarito en la grama, amiga”.
“¡Joder!”, pensé. “Pues si tienes miedo, cómprate un perro pa’ que se coma al cabrón parajito”, le dije. Es que la gata Flora (a la que si se lo meten grita y si se lo sacan llora) es una pendeja al lado nuestro, ¿eh?
Queremos amar y que nos amen, pero nos da pavor cuando aparece alguien con las cualidades necesarias para no hartarnos “al cuarto día”, según las escrituras.
Olvidamos que es TODO un logro que – en estos tiempos- conozcamos un chico atractivo, inteligente, adinerado, profesional, listo, chistoso, con chispa, sexy, con base sólida y extremidades largas, alto, sincero, leal, educado, fino, respetuoso, buen hijo, compasivo, dulce y con el cool factor, entre otras cualidades básicas.
Una vez leí en algún lado que el miedo es eso que aparece cuando no somos capaces de definir un sentimiento. Y yo pregunto: “¿Cómo carajo se supone que se defina un sentimiento?”
Pero cómo saberlo, si en esos momentos en los cuales siento que pierdo la locura (porque queda clarísimo que la cordura la perdí hace tiempo), siempre aparece algún ser humano -que está más cagao que yo- dispuesto a joder con mi mente...
Por eso me lo paso diciéndole a mis amigos, que si uno no es parte de la solución, quiere decir que es parte del problema. Que cuando todo se nuble y sientan deseos de correr, lo hagan. Que corran pa’l carajo, y punto. Claro, pero que se aseguren que no les van a dar ganas de volver.
Es que con los años me he dado cuenta que cuando esa vocecita interior empieza a joder la pita, es por algo. Como dicen por ahí, que la confusión está clarísima (al menos en el 90 por ciento de los casos que conozco).
Ah, pero obvio que de afuera todo se ve clarito. Y lo digo por mi gran amiga y sicóloga personal y VIP, Giselle, que es uno de esos seres privilegiados capaces de analizar cualquier situación de la manera más simple y lógica.
Una vez me dijo: “Compañera, ya verá que dentro de poco, la estupidez no entrará en su radar y los juegos mentales sólo la harán cagarse, pero de risa”. Qué cierto esto…
Hoy, me rehúso a pensar que el miedo sea quien tome decisiones por mí. Y créanme que lucho diariamente para no caer en eso.
Ahora bien, lo más cabrón es que no falla que uno esté en las de joder por ahí libremente con quien le salga del culo (y sin remordimientos), llegue alguien con las cualidades anteriormente mencionadas, y se pongan los huevos a peseta...
Vamos, que no es lo mismo llamar al demonio que verlo venir. Y puedo dar fe de esto. “Estoy lista para tener carne nueva. Quiero un hombre que no conozca, que sea hombre de verdad, sin miedos y dispuesto al compromiso. Que venga para quedarse y que seamos felices per secula seculorum”, me despepitó una amiga el otro día, como si ná’.
Mientras la escuchaba con la oreja pará, pensaba: “Coño, esta cabrona sí que sabe lo que quiere. Y yo aquí jodía, que sigo pensando que no sé si prefiero a los reincidentes, porque al menos esos nunca cambian de idea”.
Nada como tener una amiga que te sirva de espejo. Mientras ellas te hablan y te cuentan qué carajo les está comiendo el coco en pleno PMS, tú puedes identificarte con la causa. Y lo cual es mejor aún, en ocasiones incluso esto te da break a darte cuenta lo pendeja que has sido todo este tiempo. Todo por culpa del miedo. ¡Del puto miedo!
Claramente, soy afortunada de tener tantas amigas comemierdas. Lo cual no es más que una gran confirmación de lo comemierda que soy yo. But then again, la aceptación es el primer paso a la felicidad.
Lo curioso es que a mí la gente siempre me ve como una persona valiente, atrevida y decidida. Y sí que lo soy.
En tres cuartas partes de mi vida sé lo que quiero. La otra cuarta parte es la que jode. Esa partecita de mí que se caga en la tela nomás de pensar que el amor llegue, toque a la puerta y traiga su propio sleeping bag.
Pero como Dios tiene un gran sentido del humor (y por lo general se ríe de nosotros, y no con nosotros), hace nueve años que todo cambió.
Una tarde de octubre, nació una niña que llegó a través del vientre de otra mujer, pero que estoy convencida que es mía. O que en otra vida fue mi madre. ¡¡¡Porque qué lógica tiene esta chiquita!!!
Estábamos en mi auto, de camino a Wonder Park. Ella tenía apenas tres añitos y yo le dije: “Gordi, no te dará miedo montarte en la montaña rusa, ¿verdad?”.
Inmediatamente, mi ahijada, uno de los grandes amores de mi vida, me miró con esos ojitos que me derriten, y dijo (sin miedo): “Titi, pero es que el miedo no existe. ¿Por qué tú tienes miedo?”.
“¡Toma tu yuca! Estos niños de hoy en día saben con cojones… ¿Y qué se supone que le conteste yo a esta pioja sabionda?”, pensé temerosa.
Pues nada. Simplemente, hicimos un pacto. Le prometí que nunca más tendría miedo.
Que ya lo dijo Silvio Rodríguez, ¡coño!: “Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar…” ¡AMÉN!
Diva Silente ©