Un día me levanté y tenía novio. Sin darme cuenta, me enamoré. Convencida de que debía impresionarlo (para que me amara aún más), comencé a escribir cuentitos.
Así nació este blog. Claro que meses más tarde, ya no tenía novio. Después de muchas lágrimas (y de unas cuantas mandás pa'l carajo) ¿qué me quedó? Mis letras... Las mismas con las cuales (noche tras noche) logré superar mi pena. Porque la risa es la mejor terapia... Aquí se las dejo. ¡Mucho love!
Que levante la mano quien no tenga a un Mr. Big en su vida. O a un Mr. Small, qué más da. El punto es que no cabe duda de que a todas nos llega uno de esos que parecen perfectos en papel. O sea, elegantes, maduros, decididos, profesionales y espléndidos (AKA con chavos).
Y qué lindo sería si también al menos vivieran en el mismo continente, puñeta. “Hija lo tuyo es la liga de las naciones”, decía mi amiga. Pero eso es tema para otro cuento… Ahora, a lo que vinimos:
¡Y todas también! Vaya lección que me ha tocado aprender a mí en estos días. Resulta que estar equivocada no siempre es tan cool, pero comprender (y aceptar con humildad) en qué fallaste, sí que lo es.
Como que uno madura algo con estos quilombos del corazón, joder. Les cuento que a varias semanas de que volvieran y revolvieran a mi vida, me ha pasado algo insólito: cometí un error.
…Con mucho
plástico en la tapa y garantía de por vida. Así son ellas. Tres mujeres
cuarentonas, casadas con sus High School Sweethearts, manejando
mini-vans repletas de niños que van a los mejores colegios de un solo
sexo.
Todo bien. “Total, tolerar al prójimo siempre se me ha
dado de lo más fácil”, pensé. Pero con lo que no contaba mi astucia era
con lo que llegarían a representar estas damiselas en mi vida
profesional diaria. O sea, ¡que jodían más que una piña debajo del
brazo!
Han sido
tantas las veces que me he encontrado en la encrucijada esa de no saber
si estoy siendo cautelosa al reabrir mi corazón o si simplemente estoy
cagá del miedo…
Es que no es fácil. No sólo el ser humano tiene
la tendencia a protegerse de sufrimientos, mal de amores y celos
pasmaos, sino que también es mucho más fácil decir: “Pa’llá mejor ni
miro’”.
El día que
alguien me explique por qué a los hombres les gusta que los maltraten
creo que este blog desaparecerá. Por lo tanto, espero que esa afición
de la raza masculina por las mujeres hijas de puta nunca cambie.
Conversando
anoche con una gran amiga, llegamos a la conclusión de que algunas
mujeres (en particular las latinas) somos tan cojonúas, que los
pobrecitos hombres se han visto forzados a congregarse y unirse para
fundar lo que yo llamo: La Coalisión de los Hijos del Maltrato (C.H.M.,
por sus siglas).
Si
hiciera caso a las señales que el universo me envía cuando conozco a un
chico que luego resulta ser un fiasco, creo que ya tendría mi primer
bestseller: “¿Qué puñeta quieren los hombres?: Solución al enigma sin
fin”.
Estoy convencida de que esta es la generación de los
commitment issues. Esta servidora incluída, ¿eh?. Esto de tener más
opciones que problemas puede llegar a ser adictivo. Es como una gran
jodedera. ¿Quién quiere atarse a un sólo miembro, cuando se pueden
tener dos y tres a la vez?
Es fácil
imaginarse a un hombre cachondo, caliente o bellaco (todas son
sinónimos, ¿eh?). ¡Y cómo no, si esa protuberancia que Dios les dio, y
que orgullosamente llevan entremedio de sus varoniles piernas, no
perdona!
Para mí, amante de la visualización (que muchas veces
se ha tenido que tornar creativa para no ofender susceptibilidades), es
importante explicarles a mis amigos masculinos que nosotras también
tenemos deseos sexuales. ¡Coño, que nos da taquicardia vaginal más
seguido de lo que muchos imaginan!
…
Y algunos también revuelven. Es increíble cómo esta teoría de que todos
regresan en algún momento puede aplicarse de manera universal. Porque
no importa de dónde vengan, ni qué idioma hablen. Siempre vuelven.
Y
como me gusta encontrarle el lado amable a todo, pues les cuento qué
sucedió después de aquella tarde de encabronamiento absoluto.
No falla. Es una
cuestión de tiempo. Pero de que reaparecen, reaparecen. Y mientras más
te han herido, más espectacular es el reencuentro. Claro que tampoco
falla que para cuando les da con volver, ya uno los ve como medio
insignificantes. Medio, si los miramos con un solo ojo, por supuesto.
Pero,
¿qué hacer cuando a ese ser humano que te rompió el corazón sin piedad
(o con Carmen o con Juana o con Aurora), amenaza con regresar a tu vida
como si ná? ¿Como si los últimos seis meses, las 593.4 lágrimas por
noche y las 428 botellas de whisky no contaran?
Siempre
he pensado que la edad es un estado circunstancial del cerebro. Es la
excusa perfecta para hacer cricales y salir impunes de cuanta
pocavergüenza nos da por inventarnos.
En mi caso, tengo que
admitir que (todavía a mis 30) uso la juventud como coartada. Cada vez
que me da por apestillarme con un extraño en algún bar cerca de usted,
o por besarme con el amigo del amigo con el cual se suponía que estaba
saliendo, y eso…
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