26 de febrero de 2009
Es impresionante cómo los hombres reaccionan ante la inesperada aparición de un pelo enterrado en el área del ombligo, por ejemplo. No falla que les duela algo y corran al hospital más cercano, cagaos en la tela y en ambulancia (si es posible).
¡Joder con los machos de estos tiempos! Como si no fuera suficiente con los miedos y fobias al matrimonio, los hijos, los compromisos, los condones, los embarazos no deseados, al rechazo, ni a la impotencia. Ahora resulta que también le tienen miedo a las enfermedades.
Pero me temo que la palabra “miedo” es un understatement. Cagazón es lo que tienen los cabrones.
El otro día tuve una gran revelación (yo y mis descubrimientos, ¡coño!). Estaba hablando con un amigo muy querido, y me contaba que tiene el bazo inflamado. El mismo ser humano que dos días antes me contó que se había metido en un website donde puedes calcular cuándo morirás, según tu estilo de vida. “A los 70 me piro, tía”, dijo convencido.
“Espera, ¿pero cómo carajo se inflama el bazo?", interrumpí. "Deja de estar metiendo mano con extrañas por ahí al garete y verás como se te desinflama el coso”, añadí solidariamente.
Bendito, resulta que (esta vez) el pobre estaba enfermito de verdad. Pero claro, cómo coño le iba yo a creer si el lobo de Caperucita es un pendejo al lado suyo. O sea, que cuando no tiene dolor de garganta, tiene dolor de uña. Que cuando no es dinga, es mandinga (y a veces, pinga también, ¿eh?).
Nada. Simplemente, le pedí que me escaneara los resultados médicos de aquella alegada condición física, y le creí. Eso de desconfiar de mis amigos nunca se me ha dado muy bien, conste.
Aquella amena conversación cibernética (que duró tres horas en lo que me contaba cada síntoma en detalle, por supuesto) despertó al monstruo que llevo dentro: Mr. Presentamiento. Y así nació la idea de este gran cuento.
Siguiendo el preceto de mi compañera y amiga L.D.L.R. (en mayúsculas) de ser “periodista antes que mujer”, comencé mi tarea investigativa a fondo. Agarré el teléfono y llamé a otros dos (de los 158) amigos cagaos que tengo.
Para mi sorpresa, lo que parecía un simple ejercicio de jodedera y humilde curiosidad, se tornó en un centro de quejas. En cuestión de nada, me encontraba atendiendo mi celular con un: “1-800-CRISTY, ¿dígame qué le duele?”.
La primera llamada la hice a mi amigo Toño. “Oye, estoy escribiendo un cuento ahí y quiero saber si te da miedo enfermarte. O sea, que si te dan churras cuando te duele una muela y te desmayas cuando te sacan sangre”.
Si hubiera sospechado lo que contestaría Toño, creo que nunca me habría burlado tanto de mi amigo el del bazo inflamado. Es que al lado de aquél, éste otro es todo un ‘bábbaro’ (como dicen los Cubans).
“Chica claro que no. Es más, el otro día me tenían que sacar la sangre porque tenía una piquiña en el pipí y resulta que como no quería ir a chequearme por cagao (aceptación: el primer paso), la enfermera me tuvo que sacar como cuatro litros de sangre de una sentá (valga la exageración). Y ni me desmayé. Ni tuve que pedir la camilla esta vez”, me confesó Toño con tono morboso y un cierto nivel de orgullo en su voz.
Ah, porque esta es mi parte preferida de todo. Tras que son unos dramáticos y por todo creen que se van a morir, también le añaden a la escena: la cara de cordero degollado (como describe el enamoramiento un tipo ahí que conozco), los ojos de vaca cagona y el tono de recién paría.
Al final, una simple monga, termina siendo todo un evento. Sopita de pollo a la cama, juguito de china recién exprimío, pan caliente y con mantequillita, medias calientitas (aún cuando hace un calor cabrón en Puerto Rico), un rico heladito de mangó y dos películas de nene. O sea, 40 Year Old Virgin y una porno.
Dicho sea de paso, siempre he admirado la capacidad de follar ante la adversidad, que tienen los hombres. Pueden tener fiebre de 40, unas diarreas colás, dolor de huesos e infección de garganta. Pero siempre con cañón en mano. Y bueno, tampoco es como que a la guerra se deba ir desarmado, you know?
Conste que no me quejo, ¿eh?. Si a mí me parece fantástico que le hayan sacado la vecícula a mi ex, y dos días más tarde estaba nuevamente en pie de lucha. Bueno, en tiempo de guerra cualquier hoyo es trinchera, así que…
Estos pensamientos, irónicamente contradicen un poco mi punto inicial. Pero ni crean que no lo he hecho a propósito. No canten victoria, nenes. Porque siempre hay un cabrón, un chota, un rompe huelga, que jode la curva.
Helo aquí: La segunda llamada telefónica prefería hacérsela a un amigo gay. Por aquello de probar que no todos son iguales. “Mira, Juan, me puedes decir cuál es tu fobia más grande? Es pa’ un cuentito ahí que estoy escribiendo”, dije sin mostrar mucho interés.
“Quedarme impotente, chica. Es que el otro día, me estaba picando el pipí (“coño esto como que ya lo había oído antes”, pensé), y entonces fui a emergencia. Pedí que me hicieran pruebas de sangre, pero no me atreví a decir que tenía piquiña. Todo salió negativo. Pero me seguía picando. Y finalmente fui a ver al médico”.
Pausa: En este momento, tuvo que retirarse unos segundos a contestar una importante llamada. “Sorry, era mi dentista”.
"¡Joder, pero si son eran 10 de la noche!", dije. Nada, que Juan jodía tanto, que el dentista lo llamó personalmente para decirle que se acordara de lavarse los dientes antes de acostarse.
Resulta que el Root Canal que decía tener "rajado por la mitad y seriamente infectado" cuando fue a la consulta esa mañana, en verdad no era más que un canto de Dorito que se le incrustó tres días antes al cabrón.
Conste que estos profesionales de la salud hacen dinero por cada visita que uno les hace. ¡Cómo jodería Juanito para que su dentista ya no quisiera facturarle más al plan!, ¿eh?
Espera, ¿de qué hablábamos? Que me he perdió ya con tanto achaque, carajo… Ah, de la piquiña de Juan...
“Chica pues nada, que cuando me vio el urólogo, ni me tuvo que meter el Q-Tip por el pipí ni hacerme nada”, dijo entristecido.
“¿Ah no? ¡Pero qué bien! ¿Y qué te recetaron entonces?”, cuestioné. “Me puso Desitin y Caladryl”, me explicó. ¡Joder, cómo ha cambiado la medicina!
Demás está decirles que el hijo ‘e puta de Juan lo que tenía era una picada en el bicho. ¡Madre mía! Cuántas veces le he dicho que deje la manía esa de estar metiendo mano en el parquecito de la urbanización, que hay majes y abayardes que jode…
El caso de Juan tuvo final feliz. Porque aquí viene lo cómico. Resulta que gracias a esa llamada, pude atar dos cabos: primero, que Juan tiene un fetiche por los outdoors. El mismo que comparte con Toño, quien se había convertido hace meses en su booty call oficial. Lo cual me lleva a concluir que Toño, a quien, a su vez, le picaba el pipí más o menos al mismo tiempo, también es gay.
Bien por ellos. Y bien por mí. Ya sé qué regalarles en Navidad: un gran pote de Off. Pero mientras, y ahora sí que agárrense los pantyhose, mis amigas, les cuento el cuarto testimonio. Este sí que está cabrón.
Me llama una amiga a contarme que este chico con el que salía hace un tiempo le había dejado el siguiente mensaje de voz: “Oye, estoy convencido de que tengo SIDA. Y bueno, a juzgar por el cansancio excesivo, las ojeras, que cada vez que me doy un palo me duele todo y por una manchita negra que me ha salido en la mejilla, ni siquiera me haré la prueba. No cabe duda. Pero nada, chica, te me cuidas y espero que sigas bien. Un besito.”, dijo.
¡Qué clase de cojones tiene este ser humano! Claro que mi amiga lo llamó inmediatamente. Y como buena boricua que es, le dijo hasta culo.
¡Pero qué SIDA ni qué puñeta! El muy cabrón había estado pariseando en la playa, como un demente durante 20 días y sin parar de beber, y al final lo que tenía era un desgaste físico (según le explicó su médico una semana más tarde, claro).
Dos semanas después, cuando mi pobre amiga apenas tenía ánimo para hablar por teléfono, recibió un text del anormal en cuestión: “Oye, no tengo SIDA. No te preocupes, ok?”.
No te preocupes, dice… Claro que mi amiga no se tenía que preocupar de nada. Ni que hubieran estado follando sin parar, durante los fucking 20 días que pasaron juntos (¡y sin condón!)...
“Bueno que te pase por meterte con un histérico, bellaco y bruto. Te tengo dicho que el drama es para las nenas, no para los nenes!”, le reproché.
“Te equivocas, amiga, no es un histérico, bellaco ni bruto. Estéban lo que es, es hipocondríaco”, me contestó.
Y se hizo la luz… Gracias a este atorranto, ya tendía el cuarto testimonio para así completar mi cuentito de esta semana. Qué nombre le pondré, qué nombre le pondré, qué nombre le pondré... ¡Ah, ya lo tengo! Se llamará: “Los hipocondríacos”, dije.
Diva Silente ©
El otro día tuve una gran revelación (yo y mis descubrimientos, ¡coño!). Estaba hablando con un amigo muy querido, y me contaba que tiene el bazo inflamado. El mismo ser humano que dos días antes me contó que se había metido en un website donde puedes calcular cuándo morirás, según tu estilo de vida. “A los 70 me piro, tía”, dijo convencido.
“Espera, ¿pero cómo carajo se inflama el bazo?", interrumpí. "Deja de estar metiendo mano con extrañas por ahí al garete y verás como se te desinflama el coso”, añadí solidariamente.
Bendito, resulta que (esta vez) el pobre estaba enfermito de verdad. Pero claro, cómo coño le iba yo a creer si el lobo de Caperucita es un pendejo al lado suyo. O sea, que cuando no tiene dolor de garganta, tiene dolor de uña. Que cuando no es dinga, es mandinga (y a veces, pinga también, ¿eh?).
Nada. Simplemente, le pedí que me escaneara los resultados médicos de aquella alegada condición física, y le creí. Eso de desconfiar de mis amigos nunca se me ha dado muy bien, conste.
Aquella amena conversación cibernética (que duró tres horas en lo que me contaba cada síntoma en detalle, por supuesto) despertó al monstruo que llevo dentro: Mr. Presentamiento. Y así nació la idea de este gran cuento.
Siguiendo el preceto de mi compañera y amiga L.D.L.R. (en mayúsculas) de ser “periodista antes que mujer”, comencé mi tarea investigativa a fondo. Agarré el teléfono y llamé a otros dos (de los 158) amigos cagaos que tengo.
Para mi sorpresa, lo que parecía un simple ejercicio de jodedera y humilde curiosidad, se tornó en un centro de quejas. En cuestión de nada, me encontraba atendiendo mi celular con un: “1-800-CRISTY, ¿dígame qué le duele?”.
La primera llamada la hice a mi amigo Toño. “Oye, estoy escribiendo un cuento ahí y quiero saber si te da miedo enfermarte. O sea, que si te dan churras cuando te duele una muela y te desmayas cuando te sacan sangre”.
Si hubiera sospechado lo que contestaría Toño, creo que nunca me habría burlado tanto de mi amigo el del bazo inflamado. Es que al lado de aquél, éste otro es todo un ‘bábbaro’ (como dicen los Cubans).
“Chica claro que no. Es más, el otro día me tenían que sacar la sangre porque tenía una piquiña en el pipí y resulta que como no quería ir a chequearme por cagao (aceptación: el primer paso), la enfermera me tuvo que sacar como cuatro litros de sangre de una sentá (valga la exageración). Y ni me desmayé. Ni tuve que pedir la camilla esta vez”, me confesó Toño con tono morboso y un cierto nivel de orgullo en su voz.
Ah, porque esta es mi parte preferida de todo. Tras que son unos dramáticos y por todo creen que se van a morir, también le añaden a la escena: la cara de cordero degollado (como describe el enamoramiento un tipo ahí que conozco), los ojos de vaca cagona y el tono de recién paría.
Al final, una simple monga, termina siendo todo un evento. Sopita de pollo a la cama, juguito de china recién exprimío, pan caliente y con mantequillita, medias calientitas (aún cuando hace un calor cabrón en Puerto Rico), un rico heladito de mangó y dos películas de nene. O sea, 40 Year Old Virgin y una porno.
Dicho sea de paso, siempre he admirado la capacidad de follar ante la adversidad, que tienen los hombres. Pueden tener fiebre de 40, unas diarreas colás, dolor de huesos e infección de garganta. Pero siempre con cañón en mano. Y bueno, tampoco es como que a la guerra se deba ir desarmado, you know?
Conste que no me quejo, ¿eh?. Si a mí me parece fantástico que le hayan sacado la vecícula a mi ex, y dos días más tarde estaba nuevamente en pie de lucha. Bueno, en tiempo de guerra cualquier hoyo es trinchera, así que…
Estos pensamientos, irónicamente contradicen un poco mi punto inicial. Pero ni crean que no lo he hecho a propósito. No canten victoria, nenes. Porque siempre hay un cabrón, un chota, un rompe huelga, que jode la curva.
Helo aquí: La segunda llamada telefónica prefería hacérsela a un amigo gay. Por aquello de probar que no todos son iguales. “Mira, Juan, me puedes decir cuál es tu fobia más grande? Es pa’ un cuentito ahí que estoy escribiendo”, dije sin mostrar mucho interés.
“Quedarme impotente, chica. Es que el otro día, me estaba picando el pipí (“coño esto como que ya lo había oído antes”, pensé), y entonces fui a emergencia. Pedí que me hicieran pruebas de sangre, pero no me atreví a decir que tenía piquiña. Todo salió negativo. Pero me seguía picando. Y finalmente fui a ver al médico”.
Pausa: En este momento, tuvo que retirarse unos segundos a contestar una importante llamada. “Sorry, era mi dentista”.
"¡Joder, pero si son eran 10 de la noche!", dije. Nada, que Juan jodía tanto, que el dentista lo llamó personalmente para decirle que se acordara de lavarse los dientes antes de acostarse.
Resulta que el Root Canal que decía tener "rajado por la mitad y seriamente infectado" cuando fue a la consulta esa mañana, en verdad no era más que un canto de Dorito que se le incrustó tres días antes al cabrón.
Conste que estos profesionales de la salud hacen dinero por cada visita que uno les hace. ¡Cómo jodería Juanito para que su dentista ya no quisiera facturarle más al plan!, ¿eh?
Espera, ¿de qué hablábamos? Que me he perdió ya con tanto achaque, carajo… Ah, de la piquiña de Juan...
“Chica pues nada, que cuando me vio el urólogo, ni me tuvo que meter el Q-Tip por el pipí ni hacerme nada”, dijo entristecido.
“¿Ah no? ¡Pero qué bien! ¿Y qué te recetaron entonces?”, cuestioné. “Me puso Desitin y Caladryl”, me explicó. ¡Joder, cómo ha cambiado la medicina!
Demás está decirles que el hijo ‘e puta de Juan lo que tenía era una picada en el bicho. ¡Madre mía! Cuántas veces le he dicho que deje la manía esa de estar metiendo mano en el parquecito de la urbanización, que hay majes y abayardes que jode…
El caso de Juan tuvo final feliz. Porque aquí viene lo cómico. Resulta que gracias a esa llamada, pude atar dos cabos: primero, que Juan tiene un fetiche por los outdoors. El mismo que comparte con Toño, quien se había convertido hace meses en su booty call oficial. Lo cual me lleva a concluir que Toño, a quien, a su vez, le picaba el pipí más o menos al mismo tiempo, también es gay.
Bien por ellos. Y bien por mí. Ya sé qué regalarles en Navidad: un gran pote de Off. Pero mientras, y ahora sí que agárrense los pantyhose, mis amigas, les cuento el cuarto testimonio. Este sí que está cabrón.
Me llama una amiga a contarme que este chico con el que salía hace un tiempo le había dejado el siguiente mensaje de voz: “Oye, estoy convencido de que tengo SIDA. Y bueno, a juzgar por el cansancio excesivo, las ojeras, que cada vez que me doy un palo me duele todo y por una manchita negra que me ha salido en la mejilla, ni siquiera me haré la prueba. No cabe duda. Pero nada, chica, te me cuidas y espero que sigas bien. Un besito.”, dijo.
¡Qué clase de cojones tiene este ser humano! Claro que mi amiga lo llamó inmediatamente. Y como buena boricua que es, le dijo hasta culo.
¡Pero qué SIDA ni qué puñeta! El muy cabrón había estado pariseando en la playa, como un demente durante 20 días y sin parar de beber, y al final lo que tenía era un desgaste físico (según le explicó su médico una semana más tarde, claro).
Dos semanas después, cuando mi pobre amiga apenas tenía ánimo para hablar por teléfono, recibió un text del anormal en cuestión: “Oye, no tengo SIDA. No te preocupes, ok?”.
No te preocupes, dice… Claro que mi amiga no se tenía que preocupar de nada. Ni que hubieran estado follando sin parar, durante los fucking 20 días que pasaron juntos (¡y sin condón!)...
“Bueno que te pase por meterte con un histérico, bellaco y bruto. Te tengo dicho que el drama es para las nenas, no para los nenes!”, le reproché.
“Te equivocas, amiga, no es un histérico, bellaco ni bruto. Estéban lo que es, es hipocondríaco”, me contestó.
Y se hizo la luz… Gracias a este atorranto, ya tendía el cuarto testimonio para así completar mi cuentito de esta semana. Qué nombre le pondré, qué nombre le pondré, qué nombre le pondré... ¡Ah, ya lo tengo! Se llamará: “Los hipocondríacos”, dije.
Diva Silente ©