23 de septiembre de 2009
Siempre he querido ser hombre. Ser hombre por un par de horas, claro. Es que siento gran fascinación por el ‘seso masculino’, como mejor describe la simpleza del género, mi gran amiga G.
“¿Estás loca, ‘ta niña? ¿Y a ti qué coño te picó, tú? Si lo mejor de ser mujer es precisamente el seso. No ves que nosotras tenemos la capacidad de controlar incluso sus pensamientos…”, contestó mi amiga cubana la noche que le confesé que pagaría por ser nene por un ratito.
Como era de esperarse, su argumento no fue suficiente para calmar mi inquietud. Yo estaba decidida a ser hombre. Es más, estaba convencida de que debería existir el Día mundial del cable cruzao. Un festivo durante el cual todo el mundo asumiría el género opuesto con respeto y dignidad, durante 24 horas.
Siempre he querido ser hombre. Ser hombre por un par de horas, claro. Es que siento gran fascinación por el ‘seso masculino’, como mejor describe la simpleza del género, mi gran amiga G.
“¿Estás loca, ‘ta niña? ¿Y a ti qué coño te picó, tú? Si lo mejor de ser mujer es precisamente el seso. No ves que nosotras tenemos la capacidad de controlar incluso sus pensamientos…”, contestó mi amiga cubana la noche que le confesé que pagaría por ser nene por un ratito.
Como era de esperarse, su argumento no fue suficiente para calmar mi inquietud. Yo estaba decidida a ser hombre. Es más, estaba convencida de que debería existir el Día mundial del cable cruzao. Un festivo durante el cual todo el mundo asumiría el género opuesto con respeto y dignidad, durante 24 horas.
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