22 de enero de 2010
Escuchar historias sin juzgar (ni poner cara de “what the fuck”) no es tarea fácil. Puede que esto suene un poco arrogante, pero es que no cabe duda de que algunas personas simplemente nacieron cagados por naturaleza y jodidos por defecto. Que les pasa de todo. De todo lo IN-COM-PREN-SI-BLE.
Con los años he aprendido que no importa quién sea el protagonista o el narrador, si la historia manda cojones, manda cojones y punto. Por más que uno tenga sentimientos lindos hacia esa persona que ése día sintió la necesidad de contarte cómo amaneció orinada por otro ser humano con quien compartía su cama aquella noche loca (sin explicación alguna), el deseo de decirle “¡¿pero y por qué a mí!?, es inevitable.
Vamos a ver, que hay cosas que simplemente preferiría no saber. “Pasé el weekend en casa de mami y cuando me llevaba al aeropuerto me dijo: ‘¿sabes que tu padre no me mete mano hace más de un año?’”, me contó un amigo hace poco.
Claro que si no fuera porque su madre acababa de cumplir los 70 años y su padre ha de estar picando pa’ los 80, hubiera indagado un poco en el tema. Si a mí me encantan las fresquerías… Pero, para ser sincera, a quién puñeta le interesa acostarse a dormir con la imagen en la cabeza de dos culos viejos y arrugados?
“Tengo un amigo al que le llaman ‘Cow’ de cariño. Es que le gusta metérselo a la vaca que tiene en el patio de su casa. Creo que no tiene sexo con un humano hace casi una década. Pero lo quiero tanto. Es un ser especial”, me despepitó otro amigo.
“Pero cómo carajo no va a ser especial el ‘Cow’ este del demonio, si ahora que lo pienso, la logística que requiere poder introducirle el pene a una vaca debe ser cosa de genios”, pensé.
Y he aquí lo jodido. Porque muchas de mis reacciones nunca han alcanzado la categoría de ‘comentarios’. Se quedan en meros pensamientos. Sobre todo, por mi afán de no juzgar, ni ofender ni herir los sentimientos del dichoso entrevistado (¡aún cuando yo no haya pautado ninguna puta entrevista!).
“Mira, nena, ¿a que no adivinas quién me dijo que se metería contigo en un jacuzzi, esnúa? La hermana de Carmen”, dijo Lina. “¡La puta que la parió!”, me dije a mí misma. “Coño, si no soy más tolerante con los gays porque no he nacido dos días antes”, me repetía una y otra vez.
Nada. Que esto de ser “open-minded” está bastante cabrón de vez en cuando.
Y la copa se colmó cuando la semana pasada, en mi intento por fomentar y cultivar mis amistades en New York, me dio con ir a darme unos palitos con mi amiga Vivi, su amiga Lali y su otra amiga Lauren. Fuimos a un bar de lo más mono en Soho. Y todo iba de maravilla. De maravilla hasta que a una de ellas le dio por rememorar su historia sexual más “funky”.
Lali no había empezado a hablar y ya Vivi estaba agarrándose sus partes íntimas sin pudor alguno. Por la risa, claro. Lauren y yo, más perdidas que dos jüeyes bizcos y más lentas que una caravana de cojos en la Quinta Avenida a las cinco de la tarde, en lunes, no cojíamos el chiste.
“Lo conocí en Texas. Estaba yo a punto de regresarme a New York, cuando entró al bar donde celebraba mi despedida. Al verlo supe que sería mi broche de oro. ¡Qué bueno estaba carajo!”, decía Lali con una mezcla de rencor con nostalgia.
Vivi, seguí pidiendo rounds de champán para poder mermar el dolor de garganta que traía de tanto reírse. Yo, riéndome por cortesía. Lauren, chequeando sus emails. Todo normal. Que la historia de Lali no sonaba para nada atractiva a nuestros oídos. Pero Vivi no paraba de reírse. Y mi mente periodística no me dejaba retirar la atención hasta tanto esta historia no llegara, al menos, a su clímax.
“Bueno, ¿pero te lo tiraste o no?”, pregunté con esa delicadez que Dios me dio. La misma que uso cuando me estoy aburriendo cual ostra. “Pérate que ahora es que viene lo bueno”, aseguraba Vivi, esmorcillá.
“Entonces, como estaba tan bueno y jamás pensé que le interesaría una chica como yo, me limité a ofrecerle un trabajo en Vogue. Claro que era la excusa perfecta para pedirle el teléfono…” (Porque Lali no es ninguna boluda, conste.)
“¿Y besaba rico?”, insistí con el afán de editar la puta historia a como diera lugar. “No chica. Si no fue hasta una hora más tarde que por fin me dio el teléfono. Entonces, cuando me fui a otro bar, me despedí cual señorita. Quedó en mandarme un text más tarde para encontrarnos de nuevo. Me fui a comer pizza, porque tenía los munchies encendíos y luego, como estaba cansada de empacar, decidimos irnos a casa”, añadió Lali.
“¿Y te lo tiraste en el balcón?”, volví a preguntar incisivamente. “Que no, que no. Ten paciencia, chica. Que ahora es que viene lo bueno. ¡No seas pesá!”, respondió. “Pero qué cojones, la pesá eres tú que no acabas a contar ná. Esta historia está más aburrida que la clase de Economía de la Unión Europea que tomaba yo en España”, pensé.
“Bueno, cuando llegamos a casa, me llamó y le dije que viniera. Subió y cuando mi roommate lo vio por poco infarta. Es que estaba tan y tan bueno este hombre, por Dios”, dijo mientras se saboreaba la copa de champán como si fuera el mismísimo hombre este que ya estaba yo por pensar que en verdad era mas bien algo así como el hombre invisible, ¡joder!
“Entonces, nos quedamos dormidos”, concluyó. “Vengo ahora que tengo que ir al baño”, añadió. “What the fuck!!!”, pensé. Y una vez más, pensé: “Pero cómo se atreve a hacerme esto a mí. A una escritora/periodista/cuentista presentá, valgan las redundancias, claro.
A este punto, ya llevábamos tres copas de champán, cinco emails leídos y contestados, dos Advil (que se había tenido que zampar Vivi porque no podía con el dolor de cabeza producido por la pavera) y 75 mandás pa’l carajo, imaginarias todas, claro.
“Oye, Lauren, ¿y cómo va tu trabajo? ¿Te dieron el ascenso?”, preguntó la muy hija de la gran puta de Lali. Y yo que no me aguantaba más, le dije: “Mira, mija, qué clase de historia más mierda, ¡carajo!” Nada más liberador que decir lo que realmente se piensa. Sin filtro. Sin miedo. Sin que te quede ná por dentro, como dice mami.
“¿Mierda? Nena tú no sabes nada de nada. Porque resulta, que a eso de las seis de la mañana, de repente me entró un frío de esos que te tienes que levantar y arroparte con tres comforters más. Y ¡zás!, que empezó el drama. Un drama que jamás olvidaré, por más que lo intente”.
Y pausó. Lali, una vez más, tenía la cara dura de dejar la historia a mitad. Pero cómo le puedo explicar a un ser humano que cuando se narra una historia lo más importante (si es que deseas capturar y RETENER la atención del oyente) es que se sigan los cinco pasos básicos: introducción, desarrollo, clímax (¡CLÍMAX, dije!), desenlace y fin. Coño, pero si eso lo enseñan en Español 101…
Pero a Lali le roncaba la manigueta. O la petronca, como dice mi gran amiga Marie.
“Y lo abrazaste para calentarte y ahí te lo metió”, dije esperanzada. “No nena. Resulta que estaba toda mojada. De pies a cabeza. Como no había estado en años”.
“ALELUYA”, pensé. “¡Entonces sí que hubo cópula!”, dije. “Cópula la que necesitaba el cabrón aquel para mear toda la cerveza que se metió en el fucking bar. Porque al muy vago, no se le ocurrió que la puerta que estaba a su mano derecha era el baño. Y decidió hacerse sus necesidades encima. Cual pendejo de cinco años. Pero y qué parte de: “cuando te den ganas de mear en la noche, te levantas y sigues la lucecita que te dejé prendida, hijo mío”, su madre no le dejó clara?”
Y ahí sí que se formó. El Blackberry de Lauren fue a tener al carajo. Lo soltó para poder agarrarse la boca porque las carcajadas se oían en Harlem. Vivi ya se había ido afuera desde que Lali dijo “cópula”. Es que ella y Lali han sido amigas desde la infancia. O sea, que la cabrona de Vivi ya se conocía la historia de rabo a cabo y no decía nada. No solataba nada. Nos dejó aburrirnos y desesperarnos tanto o más de lo que los he dejado aburrirse a ustedes ahora, mis querid@s div@s.
Y pido disculpas. Pero es que para que entiendan mi historia, “inentendible”, es estrictamente necesario hacerlos pasar por la misma agonía.
En fin…
“Pues sí, el muy cerdo se había meado encima de mí y ni cuenta”, continuó Lali. “Y te jodió la pijama?”, cuestionó la más superficial y germofóbica. “Y el Mattress también”, ripostó Lali.
Lo más cabrón es que hacía una semana, la mejor amiga de Lali la había llamado desesperada y atribulada, para contarle que su novio de cuatro años se había meado encima mientras dormía con ella.
Lali, ni corta ni perezosa, comenzó un juicio capital al instante. “Siempre te he dicho que ese hombre no te conviene. Si me hubieras hecho caso antes…”
Juzgar es el verbo más rápido de la lengua española. La velocidad con la cual toma acción es simplemente, flipante. Qué fácil (¡Y DIVERTIDO!) es juzgar a alguien cuyo novio la ha meado sin piedad ni remordimiento, ¿ah que sí?
But little did she know… Porque apenas siete días más tarde, estaría recibiendo una llamada de disculpas del mismo ser humano que la había incriminado, acusado y casi encarcelado por un crimen del cual ella fue una simple víctima.
“Amiga, lo siento tanto. Nunca debí juzgarte por lo que te hizo tu novio. He sido una maricona al hacerlo. Sobre todo, porque en el proceso, con la animosidad, olvidé a la hija de la gran puta de Karma”, explicó Lali. “Que me han meao a mí también, chica”, agregó abochornada.
Su disculpa fue aceptada ipso facto. Y comenzó la terapia de apoyo. Porque nadie me diga que después de saber que dos personas (en el mismo planeta), han tenido que vivir semejante experiencia, no debería existir el Centro Mundial para las Víctimas de la Incontinencia Masculina y las Vejigas Haraganas (C.M.V.I.M.V.H., por sus siglas en español).
Y algo pasó dentro de mí. Esta historia me hizo comprender varias cosas (y vuelvo a las listas):
1. Los viejos también follan.
2. La zoofilia tiene su validez. Al menos se sabe que es necesario tener cerebro para ingeniárselas y alcanzarle el culo a una vaca. O tener una gran banqueta.
3. En el fondo, admito que siempre he querido saber qué pasa cuando este par de tetas inmensas que Dios me dio se sumerjan en una piscina con fuertes burbujas de agua caliente, sin top.
4. Las lesbianas tienen tetas. Quieran o no. Y si no quieres que otra mujer te vea como candidata al jacuzzi night, evita bailar “Mami qué será lo que quiere el negro” con ella en una fiesta de marquesina.
5. Cuando alguien use la palabra “Funky” junto a la palabra “historia”, cállate y escucha. Sin duda, te vas a reír con cojones.
6. Si te levantas un jevo en un Beer Garden, en Happy Hour, te atienes a las consecuencias.
7. Antes de acostarte (con o sin papacito rico al lado) procura ir al baño. Quizás así, tu pareja coja oreja y sucumba al Peeing Pressure.
8. Pase lo que pase, si estás en plan de mudanza, y en celo, procura follar en el balcón.
9. Si no tienes balcón, entonces, llama a Lali. O al C.M.V.I.M.V.H.
10. Craigslist.com es la mejor invención cibernética del ser humano. ¡Hasta Mattress meaos por jevos que están bien buenos pero demasiado borrachos para follarte (NI PARA LLEGAR AL PUÑETERO TOILET) se venden allí!
Ahora, a pesar de que siempre aprecio cada instante que me da la vida para aprender más del ser humano, de sus deseos sexuales y sus vejigas, reconozco que no logro deshacerme de mis críticas. He juzgado fuertemente a Lali. Y si fuera magistrada, les aseguro que le dictaría al menos, cadena perpetua.
Al terminar su cuento, como media hora más tarde, después de que logramos recuperar las voces, Lali nos mostró la foto del meón. Y les juro que esto, Lali lo debería pagar con cárcel. ¡¿¡Pero cómo se le ocurre dejar pasar a semejante manjar!?!
Y tú, ¿cuántos años le echas a la Lali?
© Diva Silente