Sea la madre del que programó el puñetero iPod con las emociones. O, ¿me van a negar que cada vez que están tristes, melancólicos, encabronaos, belicosos, el bendito aparatito toca esa canción (¡ESA canción!) que nos recuerda lo sucedido (o no sucedido)?
Les juro que no miento. Que no es casualidad, coño.
Recién llegaba yo de unas lindas vacaciones por Portugal y el sur de España con mi novio oficial de entonces. Y digo oficial, para que no lo vayan a confundir con el extraoficial. El primero era boricua, el segundo, gringo. Así que tampoco es que soy tan boluda, ¿eh? Que de Juan a Chris hay bastante…
Tranquilamente hasta que llegó la Semana Santa y al Juan le dio por ir a verme. El muy listo (¡SI ME CONOCERÍA!) compró su pasaje de sorpresa. ¡Joder con las sorpresas! ¿Qué parte de: “Ojo, que el más sorprendido puedes ser tú”, no entendió el Juanito?
Chris, por su parte, no hablaba español. Pero al menos entendió claramente cuando le expliqué que debía marcharse al norte. No fuera a ser que se topara con Juan y conmigo. “And who wants to be a cheater, right?”, le dije.
No sé qué carajo tenía el Chris, pero me enamoró. Me enamoró de tal manera que ya no podía medir consecuencias ni contar con nadie. Éramos sólo él y yo. ¿Cómo se puede amar a dos personas al mismo tiempo? Inténtenlo y ya me contarán…
En fin, no es que me enorgullezca de lo sucedido, pero sí admito que si no fuera porque me atreví a darme la oportunidad con un gringo, quizás jamás me hubiera enamorado de verdad.
Porque Chris fue mi primer amor.
Y aunque no había iPods en aquel entonces, no faltó que el radar de emociones que funciona vía satélite, detectara la presencia de algún sentimiento confuso desatándose dentro de mí, para que enviara su señal directa hasta el Discman del DJ de la Cantina Cactus.
Estábamos en la Avenida del Mediterráneo, en Benidorm. Un lindo pueblito playero al este de España donde se pasa bomba, se toma Kamikaze y se folla como en tiempos de guerra. Nomás entramos al bareto mexicano, ¡zás!, que se escuchó de fondo el hit del momento que tanto tenía que ver con mi situación: “El Venao”.
Nada más vergonzoso que estar pegando cuernos y que te pongan esta canción bien alto. Es como si tuvieses a todo Guaynabo City diciéndote al oído: ‘Que cuando fui a Puerto Rico estabas llena de chichones… Que cuando fui a Nueva York (en este caso sería Benidorm, claro) tenías amantes por montones…’
Mientras, todo Bayamón le dijese a Juan al oído: ‘No hagas caso, esa jugada, son rumores, son rumores…’ Él, con el poco orgullo de macho que le quedaba, repitiese: ‘Y que no me digan en la esquina: EL VENAO, EL VENAO…’
Dios, qué picture más cabrón!!! Hoy suena como a chiste, pero ese día casi me muero de la depre cuando me percaté de lo que estaba haciéndole a Juan. Gracias a Dios que cuando uno es joven, insensato y borracho, los cargos de conciencia duran menos que peo en mano.
A partir de ese momento, descubrí que existe una dimensión desconocida, en la cual habitan seres extraños de cuerpos amorfos, dedicados a tiempo completo, a conectar un cable imaginario desde nuestro corazón hasta el tocadiscos, el CD player, el iPod o cualquier otro artefacto musical de su preferencia.
Años más tarde, cuando estaba en pleno enamoramiento con el Chris, que se mete una francesa de por medio. Respondía al nombre de Karma y nunca logré verle el rostro. Pero su presencia era inminente, consistente e indefinida.
Que se fue con otra. Y me rompió el corazón. Y me dejó en Madrid. Y a Shakira le dio por escribirme una canción. Y no paraba de sonar en el carro, recién regresaba a Puerto Rico, depre, extrañando cada esquina de mi Madríz querido.
Al tiempo, me tocó entrevistar a Shakira. Al final de la conversación no pude contener las ganas de decirle: “Gracias, porque tu canción: “Te dejo Madrid” me ayudó a superar la pena. Es que me la escribiste a mí sin saberlo. Ah, y me alegra mucho saber que aún tienes voz. Porque me salía tanto en el cabrón carro que pensé que te habías quedado ronca”.
Justo después de ese episodio, me compré mi primer iPod.
Estaba en Miami, novio-free y suelta cual gabete de nene de Kinder. Era feliz. O al menos, eso creía. Había terminado una relación larga y saludable, pero que al final resultó no ser para mí. El día que rompimos, mi querido ex me llamó para dedicarme una canción. No sólo era una canción triste, sino que era en español. Y eso sí que era extraño, porque aunque era boricua, no soportaba la música en español. Y menos a Carlos Vives.
Entonces, mi iPod me hizo la primera jugarreta. Ahora, cada vez que manejaba de la casa de la víctima del momento hasta la mía (en horas NO laborables), me aparecía como por arte de magia (o de aquéllos seres extraños de cuerpos amorfos): "Voy a olvidarme de ti".
Menos mal que cuando me empezaba a dar cargo de conciencia de pensar que yo andaba por las calle de Miami jodiendo y gozando de lo lindo y el ex todavía estaba triste, recordaba la teoría del peo en la mano.
Como mi vida es como para contarla (y por eso en parte es que NECESITO TANTO este blog), ya en New York, apenas hace unos meses, pasó algo insólito.
Regresaba yo de mis vacaciones en la Isla cuando recibo un email de Chris: “Hey nena: I’m coming to NY with my fam. Would love to see you again. Please let me know if you’re up for it. I think I’d be great! PS It’s been way too long since Buenos Aires.”
Dos semanas después...
Eran las ocho de la mañana y Chris estaba sentado en mi cama. Hablábamos de todo. ¡Y de todos! Fuimos a cenar con los padres (que siempre fueron suegros cool) y subimos a mi apartamento con el único fin de “catch up”. Claro que encendimos el iPod de fondillo musical.
Y precisamente, de fondillo casi me caigo cuando me trató de besar. Le dije que no me parecía necesario. Y ahí quedó la cosa. Chris nunca ha sido maleducado. Hijoeputa un poco, sí. Pero maleducado, jamás.
Pero lo insólito de todo es que justo cuando estábamos a punto de cometer un grave error, a mis queridos seres amorfos les dio con prender el switchecito ese que les contaba y que sale NUESTRA canción en el iPod.
"Crush", de Dave Matthews Band. Como dirían en mi país: ¡un tremendo baja-panty! Es la canción con la cual el mismo con quien se las pegué a Juan y quien luego me las pegó a mí con Karma, me había enamorado. “¡La puta que lo parió!”, dije en voz alta.
Y nos cagamos de risa...
Chris se regresó al norte. De donde quizás nunca debió haber salido… Yo, me monté en el Subway la mañana siguiente (de lo más empowered) y todavía me reía de lo sucedido. Me reía hasta que, UNA VEZ MÁS, se me conectaba el cablecito de mierda.
“Cuando cae la luna tú mueves el pelo, mueves las caderas como ninguna… Cuando caen las horas piensa que es mi tiempo que se está muriendo de este mal de amores. Piensa que en invierno es cuando se marchitan los corazones…”, me gritaba Estopa al oído para recordarme que justo el invierno pasado andaba yo bailoteando cual sevillana con el español que me hizo comprender por qué las indias taínas no debían enamorarse de ellos en principio.
Por Juan, Chris, el boricua asimilado y el colonizador lloré bastante. Y siempre tenía una canción que me acompañaba en el suceso.
Hoy, con Celia Cruz de fondo (y les juro que tengo el Pandora puesto, totalmente en random mode), al ritmo de "Usté abusó, sacó partido de mí, abusó..", le pregunto al Mr. Universo: ¿Será por eso que ahora viene un iHome con rollo de papel de baño integrado? ¿Para secar el lagrimal?
Quizás. Pero, vamos a ver, dígame señor, por qué a pesar de los años, no puedo dejar de cuestionarme: ¿y por qué me pasa esto a mí? ¿iPod qué?
© Diva Silente