25 de marzo de 2010
Su nombre es Lori y es una mujer feliz. Es feliz hoy, el día en que su sueño se ha hecho realidad. Pero conste que llevaba 1,460 noches soñando, ¿eh?
“Que si me quiere, que si me ama, que si va a dejar a la china, que si me va a invitar a su viaje del mid-life crisis, que si vendrá para mi cumpleaños, que si mi mamá comprenderá que no somos “the marrying kind”, que si me pedirá que me mude con él o se mudará conmigo, que si le doy un ultimátum ya, que si dará el próximo paso…”
Lori tenía más o menos 83,453.5 preguntas en su cabeza. Dudas que se fueron intensificando y reproduciendo cual nueva cepa del Swine Flu. Y claro que en el trayecto, fueron pasando cuatro años.
Su nombre es Lori y es una mujer feliz. Es feliz hoy, el día en que su sueño se ha hecho realidad. Pero conste que llevaba 1,460 noches soñando, ¿eh?
“Que si me quiere, que si me ama, que si va a dejar a la china, que si me va a invitar a su viaje del mid-life crisis, que si vendrá para mi cumpleaños, que si mi mamá comprenderá que no somos “the marrying kind”, que si me pedirá que me mude con él o se mudará conmigo, que si le doy un ultimátum ya, que si dará el próximo paso…”
Lori tenía más o menos 83,453.5 preguntas en su cabeza. Dudas que se fueron intensificando y reproduciendo cual nueva cepa del Swine Flu. Y claro que en el trayecto, fueron pasando cuatro años.
Remontémonos al principio del todo.
Érase una tarde de primavera, que mi amiga Lori estaba de regreso a Puerto Rico, tras haber pasado unas vacaciones forzadas en Reno, valga la redundancia. Su prima Catherine se casaba. Justo lo que le faltaba a esta pobre chica de 38 años, que nunca había podido encontrar el amor.
“Coño, ahora me tengo que ir a la fucking boda esta a que toda la familia me diga: ‘Nena, ¿pero pa’ cuándo lo vas a dejar tú? Ponte pa’ tu número que se te va a ir el tren…”, me decía Lori vía chat.
Mis consejos siempre eran bien recibidos por ella. Y esta vez, no fue la excepción. “Móntate y no me jodas la existencia”, dije contundentemente. Es que para entonces, si Lori se chupaba un limón, el limón era quien hacía cara… Estaba amargada y no se había enterado.
Nada más triste que llegar a ese punto de apestamiento del cual puede resultar muy difícil salir ileso. Menos mal que siempre hay un amigo cerca dispuesto a decirnos: “Mija, estás que no hay quien te beba el caldo. Relájate y coopera”.
Lori se relajó, cooperó y se montó al dichoso avión hacia Nevada. De regreso, más ojerosa que Benicio del Toro, con los pelos frizaos y los jeans sucios, conoció a Dave.
Y su vida cambió.
Y la mía también. Porque la historia de Lori me ha hecho retomar la fe en el amor. Que sí existen los happy endings (que no tienen que involucrar a una asiática necesariamente, ¿o quizás sí?).
Gracias a Elizabethtown, la película cheesy que hizo llorar al Dude, como le llamamos de cariño por su descendencia califroniana, Lori lo vio por primera vez.
Él, no paraba de llorar. Ella, no podía con la pavera. “¿Será posible que este tipo de seis pies esté esmelenao llorando con esta película tan boba?, se repetía Lori una y otra vez.
Al aterrizar, unas cuántas horas más tarde, ya se habían intercambiado teléfonos y sabían qué signo zodical era cada cual. Pero no más.
Dave se fue hasta el gate 8 a tomar su avión rumbo a Santa Cruz. Lori recogió su maleta y pa’ su casa.
Todavía recuerdo la llamada que me hizo desde su carro. Aseguraba que había conocido a un gringo “bien nerd” pero buena gente. Que no le había gustado para nada, pero que, de alguna manera, había sido el highlight de todo el viaje.
Al oír su historia, no pude evitar recordar lo que la brujita le había dicho hacía ya tres años. “El tuyo viene en un avión”, aseguró entonces. Vaya, vaya. Menudo poder que tenía la clarividente. Porque de que la pegó, la pegó.
Y se desató un gran romance.
El Dude no tardó ni una semana en comunicarse. Comenzaron a hablar por teléfono. Luego por email. Pronto llegaría el Skype a hacer escantes. And so and so…
Todo maravilloso. Sólo había un pequeño detalle que se interponía. Bueno, dos (en orden de importancia):
1. Dave vivía en Los Angeles y Lori en Puerto Rico.
2. Dave llevaba 14 años viviendo con una china.
¡Menudo tostón!
Nada, que pasaron los meses y sin darnos cuenta, la Lori y el Dave estaban más envueltos que un pastel. En un abrir y cerrar de ojos, iban juntos a pasar unos días en un conocido festival hippie en el desierto.
Muchos han sido los momentos de tensión desde entonces. Las lágrimas y los PMSes. Las noches de terapia cibernética y los libros sobre relaciones y commitment issues compartidos, y posteriormente, analizados minuciosamente.
La china desapareció del mapa a los pocos meses. By the way, realmente no era china, sino japonesa. Pero como nos da exactamente igual si tiene los ojos pa’rriba o pa’bajo, pues le decimos la china.
Cuando esto pasó, recuerdo haber pensado: Man! Mami es tan sabia. Siempre me ha dicho: “Hija, cuando ellos quieren, ellos quieren. Y hacen lo indecible por estar con uno”.
Aunque admito que no es necesariamente el mejor quote de mi madre. Nada, repito, NADA puede superar el de: “El que quiere tota, que pague por ella”. Conste que mi madre es un ser sumamente civilizado y muy culto. Pero su honestidad (y sabiduría) sobrepasan cualquier nivel educativo, supongo.
Y bastante caro que ha tenido que pagar el dude por la de Lori…
Quizás por eso hoy la valora más. Quién sabe… Siempre he dicho que no existen fórmulas infalibles en el amor. Que lo que me funciona a mí, no tiene por qué funcionarte a ti.
Pero a ellos sí que algo les funcionó.
Hace dos años se dio el consabido viaje del mid-life crisis de Dave. Y no sólo se fue a New Zeland por tres meses, sino que se llevó a Lori con él. Y lo pasaron de show. Y tomaron fotos geniales. Y follaron en cada rincón.
Pero de ese viaje, Dave aprendió que no estaba listo para vivir 24/7 con ella. Que no era capaz dar el dichoso next step en la relación.
Lori lloró desconsoladamente por los próximos 365 días, apróximadamente.
Y yo también lloré. Lloré porque ellos eran mi pareja favorita. Porque eran quienes me daban ganas de seguir en la eterna búsqueda de “el que es”.
Y llegó el momento ultimátum. Ese momento que tantas mujeres cool tratamos de evitar a toda costa, mayormente porque no queremos cargar con la cruz de nunca saber si se decidieron finalmente porque nos aman o porque los presionamos.
Lori se las jugó todas. Yo, que ya no sabía cómo consolarla, sólo podía recordarle una y otra vez, que “lo que está pa’ uno, está pa’ uno. Y que si es tuyo déjalo ir y si vuelve, volverá y si volverá era tuyo y si no, nunca lo fue… ¡Maldito cliché, pero qué cierto es!
Dos semanas (infernales) más tarde, el dude llamó. “Not only I want you in my life, I want you in my house. Would you still take me as your partner?”
¡Me cago en la puta que los recontramil parió a todos! Tanto nadar pa’ morir en la orilla, carajo.
Hoy, 25 de marzo de 2010, Lori se montó en un avión rumbo a Los Angeles. Aterrizará a eso de las tres de la tarde, hora del Pacífico. Con dos maletas, un gatito enjaulado, 83,453.5 miedos y 1,460 sueños. ¡Pero con un pasaje one way!
Si funcionará o no, qué se yo. Pero al menos sé que el amor existe y es mucho más poderoso de lo que pensamos.
Hoy, 25 de marzo, yo, celebro el amor de mi amiga. Celebro como si fuera yo quien se muda a comenzar una nueva vida con mi gran amor. Celebro que su sueño se ha hecho realidad. Celebro que el amor pudo más que la distancia. Celebro que Lori es una mujer feliz. Celebro porque Dave es un hombre feliz.
Y yo también lo soy. Que ya lo dijo quien lo dijo: “Amor de lejos, ¡felices los TRES!”, ¿no?
© Diva Silente
Érase una tarde de primavera, que mi amiga Lori estaba de regreso a Puerto Rico, tras haber pasado unas vacaciones forzadas en Reno, valga la redundancia. Su prima Catherine se casaba. Justo lo que le faltaba a esta pobre chica de 38 años, que nunca había podido encontrar el amor.
“Coño, ahora me tengo que ir a la fucking boda esta a que toda la familia me diga: ‘Nena, ¿pero pa’ cuándo lo vas a dejar tú? Ponte pa’ tu número que se te va a ir el tren…”, me decía Lori vía chat.
Mis consejos siempre eran bien recibidos por ella. Y esta vez, no fue la excepción. “Móntate y no me jodas la existencia”, dije contundentemente. Es que para entonces, si Lori se chupaba un limón, el limón era quien hacía cara… Estaba amargada y no se había enterado.
Nada más triste que llegar a ese punto de apestamiento del cual puede resultar muy difícil salir ileso. Menos mal que siempre hay un amigo cerca dispuesto a decirnos: “Mija, estás que no hay quien te beba el caldo. Relájate y coopera”.
Lori se relajó, cooperó y se montó al dichoso avión hacia Nevada. De regreso, más ojerosa que Benicio del Toro, con los pelos frizaos y los jeans sucios, conoció a Dave.
Y su vida cambió.
Y la mía también. Porque la historia de Lori me ha hecho retomar la fe en el amor. Que sí existen los happy endings (que no tienen que involucrar a una asiática necesariamente, ¿o quizás sí?).
Gracias a Elizabethtown, la película cheesy que hizo llorar al Dude, como le llamamos de cariño por su descendencia califroniana, Lori lo vio por primera vez.
Él, no paraba de llorar. Ella, no podía con la pavera. “¿Será posible que este tipo de seis pies esté esmelenao llorando con esta película tan boba?, se repetía Lori una y otra vez.
Al aterrizar, unas cuántas horas más tarde, ya se habían intercambiado teléfonos y sabían qué signo zodical era cada cual. Pero no más.
Dave se fue hasta el gate 8 a tomar su avión rumbo a Santa Cruz. Lori recogió su maleta y pa’ su casa.
Todavía recuerdo la llamada que me hizo desde su carro. Aseguraba que había conocido a un gringo “bien nerd” pero buena gente. Que no le había gustado para nada, pero que, de alguna manera, había sido el highlight de todo el viaje.
Al oír su historia, no pude evitar recordar lo que la brujita le había dicho hacía ya tres años. “El tuyo viene en un avión”, aseguró entonces. Vaya, vaya. Menudo poder que tenía la clarividente. Porque de que la pegó, la pegó.
Y se desató un gran romance.
El Dude no tardó ni una semana en comunicarse. Comenzaron a hablar por teléfono. Luego por email. Pronto llegaría el Skype a hacer escantes. And so and so…
Todo maravilloso. Sólo había un pequeño detalle que se interponía. Bueno, dos (en orden de importancia):
1. Dave vivía en Los Angeles y Lori en Puerto Rico.
2. Dave llevaba 14 años viviendo con una china.
¡Menudo tostón!
Nada, que pasaron los meses y sin darnos cuenta, la Lori y el Dave estaban más envueltos que un pastel. En un abrir y cerrar de ojos, iban juntos a pasar unos días en un conocido festival hippie en el desierto.
Muchos han sido los momentos de tensión desde entonces. Las lágrimas y los PMSes. Las noches de terapia cibernética y los libros sobre relaciones y commitment issues compartidos, y posteriormente, analizados minuciosamente.
La china desapareció del mapa a los pocos meses. By the way, realmente no era china, sino japonesa. Pero como nos da exactamente igual si tiene los ojos pa’rriba o pa’bajo, pues le decimos la china.
Cuando esto pasó, recuerdo haber pensado: Man! Mami es tan sabia. Siempre me ha dicho: “Hija, cuando ellos quieren, ellos quieren. Y hacen lo indecible por estar con uno”.
Aunque admito que no es necesariamente el mejor quote de mi madre. Nada, repito, NADA puede superar el de: “El que quiere tota, que pague por ella”. Conste que mi madre es un ser sumamente civilizado y muy culto. Pero su honestidad (y sabiduría) sobrepasan cualquier nivel educativo, supongo.
Y bastante caro que ha tenido que pagar el dude por la de Lori…
Quizás por eso hoy la valora más. Quién sabe… Siempre he dicho que no existen fórmulas infalibles en el amor. Que lo que me funciona a mí, no tiene por qué funcionarte a ti.
Pero a ellos sí que algo les funcionó.
Hace dos años se dio el consabido viaje del mid-life crisis de Dave. Y no sólo se fue a New Zeland por tres meses, sino que se llevó a Lori con él. Y lo pasaron de show. Y tomaron fotos geniales. Y follaron en cada rincón.
Pero de ese viaje, Dave aprendió que no estaba listo para vivir 24/7 con ella. Que no era capaz dar el dichoso next step en la relación.
Lori lloró desconsoladamente por los próximos 365 días, apróximadamente.
Y yo también lloré. Lloré porque ellos eran mi pareja favorita. Porque eran quienes me daban ganas de seguir en la eterna búsqueda de “el que es”.
Y llegó el momento ultimátum. Ese momento que tantas mujeres cool tratamos de evitar a toda costa, mayormente porque no queremos cargar con la cruz de nunca saber si se decidieron finalmente porque nos aman o porque los presionamos.
Lori se las jugó todas. Yo, que ya no sabía cómo consolarla, sólo podía recordarle una y otra vez, que “lo que está pa’ uno, está pa’ uno. Y que si es tuyo déjalo ir y si vuelve, volverá y si volverá era tuyo y si no, nunca lo fue… ¡Maldito cliché, pero qué cierto es!
Dos semanas (infernales) más tarde, el dude llamó. “Not only I want you in my life, I want you in my house. Would you still take me as your partner?”
¡Me cago en la puta que los recontramil parió a todos! Tanto nadar pa’ morir en la orilla, carajo.
Hoy, 25 de marzo de 2010, Lori se montó en un avión rumbo a Los Angeles. Aterrizará a eso de las tres de la tarde, hora del Pacífico. Con dos maletas, un gatito enjaulado, 83,453.5 miedos y 1,460 sueños. ¡Pero con un pasaje one way!
Si funcionará o no, qué se yo. Pero al menos sé que el amor existe y es mucho más poderoso de lo que pensamos.
Hoy, 25 de marzo, yo, celebro el amor de mi amiga. Celebro como si fuera yo quien se muda a comenzar una nueva vida con mi gran amor. Celebro que su sueño se ha hecho realidad. Celebro que el amor pudo más que la distancia. Celebro que Lori es una mujer feliz. Celebro porque Dave es un hombre feliz.
Y yo también lo soy. Que ya lo dijo quien lo dijo: “Amor de lejos, ¡felices los TRES!”, ¿no?
© Diva Silente