Quienes la conocen, disfrutarán y tendrán una experiencia religiosa al leer este cuento. Quienes no tienen el placer, simplemente podrán atar algunos cuantos cabos que los ayudarán a comprender mi nivel de demencia.
Les presento a la madre que me parió.
Y como para mí las palabras son espejo del alma, pues he creado junto a mis dos hermanas, una gran lista de frases típicas que describen la grandeza del seso de mi amantísima progenitora. Una dama sumamente formal, seria por naturaleza, profesional de siete pares, elocuente cual político… Simplemente, la sabiduría hecha mujer.
Como siempre me gusta añadir y quitar y cambiar y trastornar la verdad, pues me parece mucho más divertido que simplemente hablar por hablar, acordé con mis hermanitas que convertiría esta misión en cuento.
Aquí les va mi aportación.
Érase una tarde calurosa y emplegostá en mi bella Isla cuando se escuchó de fondo un: “¡Esas son cosas de no criarse!” Ni corta ni perezosa, le dije a mi agente Caribe que agarrara lápiz y papel, y rompiera a anotar todas y cada una de las loqueras de mami.
“Alguien debe llevar récord de esto. Que no quede impune semejante capacidad de inventar frases según la ocasión”, decidimos unánimemente.
“Habráse visto cosa igual”, añadía mami mientras se colocaba la mano izquierda en la cintura y levantaba el dedo índice de su mano derecha para dar énfasis, claro. Las chancletas, sonaban al ritmo del clac-clac-clac, más o menos a la velocidad del peo. “Es que no tiene lógica. ¿En qué cabeza cabe mandarme a extirpar la bartolina cuando ni siquiera me han hecho los exámenes pertinentes?”.
¿Quién carajo es Bartolina? O mejor aún, ¿cómo es que las madres tienen la capacidad de mover la chancleta al ritmo del encabronamiento? Yo, maravillada ante tal discurso, nada que no hubiera escuchado antes, por supuesto, pero igual, flipaba. Todo transcurría mientras ella leí un email. En otras palabras, tenía tremenda pelea montá con la computadora. Si les digo…
Acto seguido, sonó el teléfono. Era la agente Florida. “Mami, ¿cómo sigues de tu operación?, preguntó inocentemente mi hermanita menor. “Ay, mija, pues tengo queloide. Mira qué feo está esto (como si estuvieran hablando vía satélite). Esta herida va a quedar bien fea. Tengo esta carne abierta. Y además, estoy a punto de irme por el inodoro, con tanta pastilla. Y ese médico tiene una parsimonia… Es que la vagancia mata. Pero me unté ubre de vaca y tu hermana me puso Vicks. A ese médico no se le ocurren las cosas, ¡y había una frialdad en ese consultorio! Creo que tengo algo en los intestinos. Voy a tener que dejar este trabajo antes de tiempo. Tengo los párpados caídos con la maldita computadora esta. Y para completar, ya son las cuatro. Te quiero, byeeeeeeee”.
¿Traducción?
1. Mi madre insiste en auto diagnosticarse (y medicarse) constantemente.
2. La combinación de ubre de vaca y Vicks es para mi madre la mejor invención de la raza humana.
3. Nadie en el mundo tiene lógica. Excepto ella y mi cuñado, claro.
4. Lleva 30 años diciendo que debe retirarse ya. Tiene derecho por ley pero no le sale de los cojones. La gata Flora y ella… de un pájaro las dos alas.
5. Al cumplir los 60, decidió que de lunes a viernes, de 4-6 p.m. le daría fiebre. Y así ha sido. Mujer de palabra sí que es, ¿eh?
6. Típicamente, a los quince minutos de estar en el teléfono, mi madre se despide abruptamente. Simplemente, el tiempo se te acabó.
Y me remonté a mis años mozos.
Esta amena conversación telefónica me hizo recordar-y en cierta forma entender- por qué siempre me quedaba como insatisfecha con las respuestas de mi madre cuando era pequeña.
A la hora de dormirme, siempre me decía: “Duérmete un ratito hasta mañana”. Y yo, entre confundida y encabroná, sólo me disponía a seguir la instrucción #79 del día. Me dejaba sin respuestas…
Cuando le pedía que me comprara algo o le cuestionaba cuándo me dejaría ver a los Kakukómicos, me decía: “Sí, cómo no. Un día de estos menos hoy”.
Al cumplir los 19, recuerdo cómo me llamó “a capítulo” y me dijo: “Hija, tengo una incertidumbre. ¿Eres usuaria de drogas?”. Por poco me meo encima de la risa. Cuando le pregunté de dónde provenía su “incertidumbre”, añadió: “Pues porque tus noches son ‘la de nunca acabar’. Al otro día no te levanta ni el médico chino, andas con mari-novio, te has convertido en un espíritu de contradicción y te vistes como mujer fatal”.
¡Joder! Si ya me queda clarísimo. Mi filosofía de “si no puedes convencerlos, confúndelos” es –y ha sido siempre- más bien mi método de supervivencia familiar. Un comportamiento forzosamente aprendido, ¡carajo!
Por supuesto que nunca me he metido drogas. Sobre todo, porque si lo hubiese hecho, ya estaría muerta. No creo que mi “jodeína” (esas ganas intensas de joder), mezclada con mi “espíritu de contradicción” lo hubiesen soportado.
Conste que sólo tenía un noviecito pendejo y me vestía con minifaldas como hacemos todas antes de que la celulitis descubra nuestras lindas piernas.
En fin, que la manera de hablar de nuestras madres puede calar muy hondo. Incluso, estoy convencida de que tiene muchísimo que ver con nuestro desarrollo integral como seres humanos. Aprendemos al seguir sus ejemplos y desarrollamos sorprendentes métodos de comunicación corporal y verbal. Not to mention, la habilidad de enredar al más simple y la capacidad de maximizar el cinismo hasta la quinta potencia.
Un buen ejemplo de lo que les digo fue el día que recibí esta folclórica llamada de mi amiga Lina: “Muchacha, acabo de llegar del supermercado. Me gasté $80 y no compré ni carne”. No podía parar de reírme. Era como escuchar a mi mamá cuando antes de bajarse en el colmado nos obligaba a botar cualquier artefacto que se pudiese adquirir también en ese lugar. “Boten ese Welchito que son capaces de pensar que nos lo robamos”, aseguraba.
Claro que de todas las lecciones aprendidas lingüísticamente, gracias a mi madre, debo decir que mi favorita ha sido que quien quiera tota, ha de pagar por ella. Ésa es quizás la más enriquecedora y atemporal. E infalible.
¡Ah! Y por último, pero no menos importante, debo recalcar que alucino con su habilidad de juntar los nombres de sus tres hijas y hacerlo uno: “Cri-Yi-Ane, ven acá”. Cierto que madre hay sólo una… ¿Mamiyismos? *121, aproximadamente.
NOTA: *Sólo llegamos al 121 porque al tercer día de que la agente Caribe tomara nota hasta de los suspiros de la madre que me parió, se escuchó un: “¿Qué carajo tú escribes tanto?” Acto seguido, recibí un text de mi hermana que leía: “Lo siento. He sucumbido a la presión. Usó su técnica de intimidación y me vi obligada a confesar. Mami sabe de la existencia de los Mamiyismos”. Dos días después, una llamada: “Mira, mariconcita, como publiques esto y no me des regalías te desheredo por asimilada y vende patria (su manera favorita de decir que nos echa de menos porque vivimos lejos de casa)”.
Te amo, mami ;-)
© Diva Silente