27 de septiembre
de 2010
Los hay
de muchos tipos. Están los que te llegan como predestinados, los que asumes
como experiencias de la vida (aunque no estés de acuerdo con el resultado), los
que ni te enteras por qué suceden, y mis favoritos… ¡los inesperados!
Hace
apenas dos meses, recibí la visita de una de las personas que hizo mis días en
Madrid únicos. Mi gran amigo (y peluquero personal), Miguel. A Migue, como le
digo de cariño, hacía par de meses que no le veía. Pero en nuestro más reciente
encuentro, quedamos en que para cambiar el apestamiento en el que vivía debido
a un “mid-life crisis” prematuro, término que jamás pude traducir al español de
manera adecuada, tendría que venir a NY.
Y así
hizo.
Una
veraniega tarde de junio, mi gran amigo Migue pisaba la ‘tierra de la libertad’
por primera vez. Y vaya que aquí sí se vive libremente, ¿eh? Sobre todo, cuando
dan las 11 de la noche y se te antoja darte un masaje sueco, en domingo.
Sin
más, nos bajamos una estación de metro antes de la indicada, con la mera
intención de pagar para que nos relajasen los músculos faciales, craneales y
hasta pectorales un poco.
And
little did we know…
En un
abrir y cerrar de ojos, el significado de “Happy Ending” cambió radicalmente
para mí y para todo aquel que de alguna manera tenga contacto conmigo. O sea,
por asociación. Porque este cuento jamás me cansaré de compartirlo!!!
Digo,
la verdad es que siempre he sabido que un final feliz se puede encontrar en
muchas partes y que es algo amorfo, además de relativo. Pero verle la cara de
atolondrado a mi pobre amigo español tras lo que se suponía que fuese un masaje
de relajación, eso sí que no me lo esperaba.
Éramos
tres. Dos mujeres y Migue.
Entramos
como de costumbre. Saludamos y cada una de las chinitas nos llevó a un cuartito
aparte. Andrea feliz porque traía en su cuello los estragos de un divorcio mal
llevao. Yo, con mi típico nudito en el lado izquierdo superior de la espalda
(mi lado masculino, so go figure!), también feliz.
(NOTA: Cabe
mencionar que voy a este lugar desde que me mudé a NY, o sea, más o menos hace
tres años y jamás había tenido problemas allí. Bueno, a excepción de las peleas
con las chinas que se hacen las que no entienden inglés pa’ espetarte un tip
del 25%. ¡No son ningunas boludas! También se aprovechan de tu nobleza cuando
estás como zombie después de que te caminan hasta por encima del culo, pa’
decirte: ‘More minute? Feet, feet. You need more minute!’)
Andrea
se fue para un cuartito con su china. Yo, para el del lado. ¿Y Migue? Vaya usté
a saber. La última vez que lo ví antes del fatídico incidente, bajaba unas
escaleras que yo ni sabía que existieran. “Seguro los cuartitos de arriba son
sólo para mujeres. Qué organizadas que son las chinas estas”, pensé.
Organizadas
my ass!
Bien
que se la tienen montada las locas. Pues cuando salí de mi masaje delicioso y
me dispuse a pagar por mi servicio y por el de Migue, pues quise convidar a mi
invitado, ZAS!
A Migue
se la habían tocado.
La
china me mostraba la calculadora con un total exorbitante, mientras Migue, el
pobre Migue, me halaba la mano izquierda: “¡Tía, que me han tocao’ la polla!”,
decía con cara de espanto y más
jalao que timbre de guagua. “Calla, ¿qué dices? Déjame pagar, coño que sino
estas chinas se pasan de listas”, riposté.
Pero
Migue insistía. “Que no, que no. Que no les pagues más. ¡Que no me he dejao!”
¡JODER! No fue hasta ese momento que comprendí que Fito tenía razón. Hey, we
don’t call him ‘Fito Casquets’ for nothing!
Lo que
le sucedió a Migue juro que ya lo había vivido. Fue en Rincón. Una tarde
veraniega también. Una mujer negra, con tremenda espalda, nos ofreció sus
servicios de masajista, en plena playa. Fito amable y voluntariamente se ofreció
a ir primero. Al salir, una hora más tarde, lo miro y le pregunto
inocentemente: “¿Es buena?”, a lo que el muy descarao’ respondió: “Depende. Si
te refieres al masaje, pues más o menos. Si te refieres a la casqueta (AKA
Happy Ending) está cabrona!”
Siempre
he pensado que mis amigos me ven como a un nene más. Porque mira que me dan
información adicional que no pido, ¡puñeta!
Anyway,
volviendo a Migue, resulta que tras debatir por unos minutos con las chinas
sobre el precio del masaje de mi amigo, tratando de mantenerme seria para
finiquitar la transacción como era debido, salimos del lugar.
No pude
respirar por 20 minutos.
“Hostia,
me has traído aquí adrede. Sabíais que estas chinas son guarras y me habéis
traído para que me agarrasen la polla indiscriminadamente, sin pudor y sin
piedad. Sois tremendas cabronas. No sé quién es peor, si la puta china o
vosotras. La verdad…”, repetía una y otra vez la víctima.
Andrea
y yo, tiradas en el suelo, literalmente. Qué mucho nos reímos…. Y mientras más
me reía, más se cabreaba el Migue. “Sois unas hijas de puta. ¡Vais a ver!”, nos
gritaba súper serio.
Cuando
pude recuperar la respiración, le dije: “Migue, te juro por mi bicicleta que
nunca imaginé que estas chinas tuvieran el Happy Ending Massage en el menú. Es
más, nunca había traído a ningún hombre aquí. ¿Cómo iba a saberlo?”
Me tomó
al menos día y medio convencerlo de que yo no sabía nada. Es más, todavía no sé
si me ha podido perdonar de corazón por haberle llevado allí.
“A ver,
¿pero qué le dijiste tú a la mujer? Capaz que te entendió mal y pensó que
pedías que te tocase…”, cuestioné. “¡Qué va, qué va! Yo sólo le dije: Uuuu this
good, this good”.
El muy
morón le dijo a la china que le gustaba el masaje que le daba en las nalgas,
entre piernas, justo encima de los huevos. “¡Coño, Migue, pero y cómo no te iba
a tocar la polla si le diste esperanzas!”, dije.
“¡Que
no, que no!”, insistía. “Que le he dicho muy claro que soy gay, joder”. ¿Claro?
Pero si mi amigo no sabe ni decir Hello en inglés. Amo los españoles, conste,
pero alucino con la habilidad que tienen de hablar inglés fonéticamente. Cuando
le pedí que repitiese exactamente cómo le dijo a la china que era homosexual,
el cabrón le ha dicho: I’m gai. Así como suena. G-A-I. Lo cual significa en
inglés: G-U-Y. O sea, le decía: ¡soy un chico!
Llegamos
a la casa pues me suplicó que cancelara los planes para la cena. Migue se
sentía usado. Y a decir verdad, cuando salió de darse una larga ducha, con Lemisol,
jabón de castilla y esponja Brillo, a sugerencia mía, se veía diferente. Lo
miré y le dije: “Como que has perdido un poco el brillo en los ojos, ¿no?
Migue
se sentía violado. Ultrajado, para ser más exactos.
Quizás
nunca sabré si el final de esta historia sería distinto si en vez de china le
hubiese tocado (literalmente) un chino. Cierto que gracias a Migue nos hemos
reído (sin parar) por los pasados dos meses, tres semanas y cuatro días. Pero
de que el pobre lo pasó mal, no me cabe duda.
¿Pensamiento
egoísta? Una vez confirmé, procesé y comprendí que existe gente malintencionada
en este mundo dispuesta a aprovecharse (y a hacerse par de pesos) del primer
infeliz español con polla que se le cruce en el camino, no pude parar de pensar
que mientras Migue me contaba lo sucedido, la puta china (o mejor dicho, la
china puta) me devolvía mi tarjeta de crédito con la misma mano que le había
tocado el pipí a mi amigo gai. ¡Vaya
putada, madre mía!
Happy
Ending? ¡Nah! Si ya les digo que lo que es felicidad pa’ unos, no
necesariamente lo es pa’ otros…
© Diva
Silente