4 de enero de 2011
En el mundo de la física, es lógicamente imposible que ambas situaciones se diesen simultáneamente. En mi mundo, esta paradoja se define como aquello a lo que no podemos resistirnos, aun cuando sabemos que el resultado final será simplemente imposible de cambiar o quizás, ni exista.
Por ejemplo, la pasión y el amor.
Muy bonito el pensamiento, ¿eh? ¡Pero ojo al piojo! Que esto que parece ser muy romántico también puede ser bastante jodido de entender. Y para colmo, se puede aplicar a muchos aspectos de nuestras vidas.
Nos conocimos y lo pasamos muy rico. Demasiado rico, para ser más específica. Tuvimos un romance bastante cool y sin compromisos molestos ni innecesarios. Para resumir, lo que sucedió con este chico tan majo fue más o menos así (y yo sigo con mis listas):
- Nos miramos.
- Nos gustamos.
- Nos besamos.
- Nos follamos mutuamente.
- Nos arrepentimos.
- Nos alejamos.
- Nos odiamos.
- Nos volvimos a encontrar (porque no olviden que ¡Todos vuelven!)
- Nos volvimos a gustar.
- Nos volvimos a besar.
- Nos volvimos a follar mutuamente.
- Nos volvimos a arrepentir.
- Nos volvimos a alejar.
Y lo lógico sería que ahora siga el proceso de odiarnos. Bastante típico nuestro comportamiento, ¿a que sí? Pues no. Esta vez no.
Resulta que aunque parezca que era crónica de una muerte anunciada, esta vez fue distinto. Quizás porque han pasado ya dos años. Quizás porque hemos cambiado bastante. Quizás porque ya no me puede herir como antes. Quizás porque ya no espero nada. Quizás porque he aprendido que hay personas que llegan a nuestras vidas, nos quieren intensamente y se van.
Se van y punto.
Siempre digo que el sufrimiento tiene límite, pero somos nosotros quienes lo ponemos. Esta vez, no he sufrido. Claro que hubo al menos 24 horas de confusión, pero me las permití y ya. Pero de sufrimiento, nada. Al contrario, me he reído muchísimo de lo sucedido y hasta ternura siento al recordar cómo pasó todo.
Primero, el típico email (sin acentos ni mayúsculas): “hey! que pasa tronca? estas por Miami? me gustaria verte. estare aca dos semanas. ah y ahora soy vecino tuyo pues me he comprado un piso en tu barrio y tal… me mudo para aca en enero definitivamente ya termina mi contrato.”
Segundo, mi típica respuesta (con acentos e impecable como quien pretende dar un ejemplo a seguir): “¡Hola! Qué bueno saber de ti… Pues no, no estoy en Miami. Estoy en NY ahora, pero debo ir por allá pronto. A ver si nos vemos. Besos”.
Varios emails y meses más tarde, todos los caminos condujeron a un bar cerca de usté. Exactamente dos años después de aquella primera vez, nos volvimos a ver.
¡Joder! Qué guapo se veía...
Inmediatamente mis expectativas se fueron al carajo. Es que me cuesta muchísimo no tenerlas, así que había decidido, meditado y comprendido que esta vez me limitaría a desear UNA sola cosa: “que esté gordo, parezca nerd y lleve zapatos feos, de viejo y con fango. Ah, y que tenga el pelo como si hubiera estado secuestrado durante siete meses y esté tan jincho como mi primer novio gringo (¡Casper era un pendejo al lado suyo!)”.
No saben cuánto pedí que fuese así. Pero no. La vida te da lo que necesitas, no lo que quieres. Y parece que esta vez yo necesitaba verlo más lindo que antes, con ropita último modelo de lo más chic y avant-garde, recortadito tal cual me gusta y hasta con los ojos más claros. “¡Sí, este hombre ha cambiado!”, pensé.
“¡Me cago en la leche y en la sota de basto”, dije en voz alta. “Jo, qué guapa estás, tía”, respondió el muy cabrón. ¡Como si encima, hiciese falta que dijese algo lindo!
Hablamos durante seis horas, sin parar. Ah, porque para completar, ahora le interesan mis temas de conversación, admira mi trabajo y hasta dice que debemos viajar juntos pronto…
Planificamos nuestro próximo encuentro y hasta la noche de despedida de año, que sería dos días después. Decidimos que gracias a sus dotes de bailarín, sería mi parejo en la boda de un gran amigo en marzo. Redefinimos el término “compatibilidad” según nuestras nuevas mentalidades tan abiertas y diferentes. Nos pedimos perdón mutuamente.
Y todo maravilloso.
Es más, creo que ha sido el mejor date que hayamos tenido en años. No cabe duda…
Pero quién diría que una sola palabra, inofensiva, y totalmente fuera de contexto en nuestra amena conversación, determinaría el final de esta historia: THERAFLU. Sí. Como en la medicinita esa que uno se toma pa’ coger de pendejo al sistema y hacerle creer que no tienes catarro ná.
Resulta que el chico estaba malito. Como se le había pasado el efecto de la medicina y las tres beers que se tomó no le ayudaron, comenzó a sentirse mal de nuevo. Y fue así como llegamos hasta mi apartamento, en busca de una simple tacita de agua caliente donde derramar la bendita medicina. ¡Sea la madre del que se inventó este concepto de té medicinal pa’ los mocos! Si no hubiese sido por el agüita caliente, jamás hubiésemos llegado hasta el sofá. Ni hasta la cama. ¡Ni hasta hoooomeeeeee!
Demás está decirles que fue humanamente imposible soportar las ganas de follar. Era una fuerza irresistible.
Cuando nos acostamos en la cama, me abrazó en su pecho. (Nunca entenderé cómo uno puede encajar tan bien con alguien a la hora de dormir y desencajar tanto a la hora de tener una relación.) Se nos cortaba tanto la respiración… Pero claro que nadie estaba dispuesto a admitirlo. Así que cada cual buscó la excusa perfecta para la taquicardia genital que teníamos: “Coño, no puedo respirar con esta colcha!”, dije inocentemente. “¡Hostia, estoy vertical! Qué son todas estas almohadas, por Dios!”, respondió el que no cree en Dios (y aparentemente, tampoco en las almohadas).
Pero ni hacía calor debajo de la colcha, ni las almohadas estaban demasiado rectas. Simplemente, nos queríamos agarrar los cantos con carácter de urgencia. Vamos, que un cabro de monte y nosotros, la misma cosa… Que los objetos inamovibles se estaban moviendo pese a su inercia.
Luego de forcejear bastante y de hacernos los dormidos, cambiarnos de posición 10,000 veces, de decirnos que era mejor que no pasase nada, que mañana nos arrepentiríamos, ¡zás!
Que hubo cópula.
A la mañana siguiente, ya vestida con jeans, camisa de manga larga y tank top por dentro, panties de vieja y sin maquillaje (todo fríamente calculado para matar cualquier partícula de pasión remanente), lo desperté sutilmente y dije: “Me tengo que ir. Venga, a levantarse que aquí no ha pasado nada”. “¿Desayunamos?”, dijo amablemente.
Fuimos a comer al sitio de siempre.
Como si ya no me sintiese rara, para colmo se apareció una tía que aparentemente solía follarse, pero no me la presentó “porque nunca me gustó mucho”, aclaró con esa delicadeza que Dios le dio.
Hicimos un poco de small talk y ya cuando no podía resistir las ganas de irme corriendo de allí, me limité a decirle mientras se burlaba de mi trabajo en una revista femenina: “Qué mucha mierda tú hablas. ¿Nunca te han dicho que te calles la boca? Cállate ya, te lo suplico”.
Jamás pensé que esas palabras podrían salir de mi boca. Mucho menos que podría hablarle así de feo a él. Pero como ya habíamos acordado que ambos habíamos cambiado y nos aceptaríamos tal cual somos, ¡pues se jode!
“Ostras, pero qué mujer tan perversa. ¿De dónde ha salido este carácter?”, preguntó el pobre. Ay bendito, si supiera que siempre estuvo ahí, pero que como me pongo tan gilipollas cuando me enamoro, el infeliz nunca lo había ni sospechado.
Juro que no lo oculté. Simplemente, mi enchule no me dejaba estar molesta ni un segundo. Además, era mejor seguir follando.
Nos despedimos sin saber qué pasaría después. Si nos veríamos, si nuestro famoso viaje en febrero y la boda de marzo se darían o no. Si pasaríamos el 31 de diciembre juntos o no. Si nos quedarían más ganas de vernos o no.
“Friends with benefits?, preguntó el muy fresco. “¡Ningún!”, respondí decidida. “Entonces, quedamos algo así como: ‘Don’t call me I’ll call you?’”, añadió. “Ujum”, concluí. Y se bajó del carro mientras sonaba en la radio esa canción de la Venegas, La Mala y la Furtado que tanto me gusta: “¿Seré yo o serás tú? Todo está tan diferente y eres tú. Todo parece puesto bajo otra luz… El color de mi vida cambió desde que tú llegaste… Vine pa’ quedarme y sin temor a enamorarme y arriesgándome como semilla que busca calor”.
Obvio que al tercer día sin saber de él y como nos regresábamos a nuestras vidas separadas, me dieron ganas de verlo. Hice el intento pero fue fallido. Y es mejor así.
¿Que si valió la pena? ¿Que si aprendí la lección? ¿Que si lo volveré a ver?
La verdad, no lo sé. Y tampoco me importa. Lo que sí sé es que cuando la vida me presente otra paradoja como esta, sabré comprender que una fuerza irresistible y un objeto inamovible no pueden coexistir en un mismo universo al mismo tiempo. Se anulan entre sí.
NOTA: Reconozco públicamente que esta parte de la física, la aplicable a los seres humanos, ¡sí que mola!
¿Quién es la fuerza y quién es el objeto en esta ecuación? Tampoco lo sé. Tampoco me interesa.
¿El cool factor? Que este bobotonto tan majo me sigue dando ganas de escribir… Mientras tanto, espero que el alma se me siga paseando por el cuerpo, como dice mami...
© Diva Silente