16 de enero de 2011
Siempre me han gustado las palabras que empiezan con el prefijo ‘in’. Indeleble, introspección, inolvidable, inmamable, inmadurez, internacional, independiente, inesperado…
Y como la vida siempre se encarga de darme lo que quiero (y *usualmente viene en grande) esto que les voy a contar es todo un reto literario. Para nada uno de esos cuentos fáciles de contar. Sin duda interesante, pero indiscutiblemente, inexplicable (¡e inimaginable!).
*Nótese el uso intencionado de la palabra ‘usualmente’.
Al llegar, me recibieron con muchas atenciones y cariño, una bata y pa’l shampoo bowl. Desde allí, sentía como que alguien me miraba con intenciones pecaminosas. Como que “checking me out” inescrupulosamente.
“Hola, qué pelo lindo tienes”, dijo Igor mientras jugaba con mi cabello aún mojado y oloroso. “Ay, gracias. Seguro quedará lindo”, respondí sentada a su merced. “Qué guapa eres”, dijo. “¡Ufff, este no es gay!”, pensé inmediatamente.
Debo aclarar que el hecho de que mis mejores amigos sean mis peluqueros y los tres sean gay, hace que el gaydar se active con el más mínimo aroma a laca, la presencia de un flat iron y el sonido del secador, inevitablemente.
Y así se desencadenó una interesante lista de interrogantes:
- -Él: ¿Qué vestido usarás para la premiere? -Yo: Uno bien 50’s.
- -Él: Sabes, me gustan más las mujeres de NY que las de LA. Son más interesantes e inteligentes. -Yo: Estoy de acuerdo. Yo digo que hay más calidad allá.
- -Él: ¿Te piensas hacer tanning? -Yo: Pues sería bueno pero no tengo tiempo.
- -Él: ¿Tienes novio? -Yo: No que yo sepa…
- -Él: ¡Qué pelo tan bello tienes! Vas a quedar regia. -Yo: Gracias. Es la keratina.
- -Él: ¿Me dejas tu tarjeta para comunicarnos? -Yo: Claro. Me encanta tu trabajo. Gracias y buenas noches.
Interpretación (según mi mente cochambrosa):
- Gay.
- Straight con buen gusto.
- Gay/Metro.
- Straight?
- GAAAAAAYYYY!
- Straight con mente de negociante.
Me obsequió una sesión de Magic Tanning. Me peinó en menos de media hora. Me regaló un conditioner. Me dio dos besos (muy Frenchy él). Nos despedimos. Me dio su tarjeta; le di la mía. Tremendo intercambio.
Estaba regia. Emperifollada. Feliz. Intocable.
Me sentía la mujer más poderosa del mundo. Creo que se lo debo al tan. Y a Igor, indudablemente.
A la mañana siguiente (PAUSA: ¡sea la madre de la mañana siguiente!), recibí un text de Igor. “Guapa, dime si tienes tiempo para tomarnos una copa antes de que te vayas a NY. Me gustaría invitarte”.
“Straight/negociante”, pensé.
Me vestí casual-elegante. Pero les juro que para nada sexy. Iba a tomarme una copa con un hombre unisex que peina bonito y es simpático. Eso era todo. *NO BIG DEAL!
*Nótese el uso, aparentemente injustificado, de la palabra NO.
Mientras lo esperaba, llamó mami y le conté que iría a cenar con alguien de trabajo.
Igor llegó ataviado en sus mejores telas. El auto último modelo y de lujo, evidentemente recién lavado. Sus modales impecables. Su perfume inconfundible. El pinito de olor (todavía con el plástico medio puesto) en el espejo retrovisor confirmaba mis sospechas: It was a DATE!
“¡Joder! Me cago en la puta madre que me recontramil parió! Pero cómo no lo vi venir, por Dios. ¿Seré monga?”, me dije. Estaba inconsolable.
Fuimos a un delicioso restaurante japonés, y a decir verdad, Igor me impresionó bastante. Emanaba una paz envidiable. Nada más sexy que un hombre seguro de sí mismo, tranquilo, pausado… Pidió por mí y todo lo que ordenó estaba delicioso. Era amigo del dueño y el sake estaba exquisito. “Hubieras podido ser supermodelo si te lo hubieras propuesto”, dijo mientras me tocaba el pelo. “Pero qué hijo de puta eres. No hay necesidad de impresionar. Tan bien que íbamos… Ya hasta me habías caído bien”, casi le respondo, pero la duda acechó de nuevo y me detuvo: “¡Un momento! ¿Me estás acariciando el pelo o arreglándome el peinado?”, pensé intrigada.
(Fast forward: Llamé a mami al día siguiente y le conté mi versión PG-13 de la historia. Cuando le dije que me había dicho que podría haber sido supermodelo, me interrumpió abruptamente y dijo: “¿¡Qué saliste con un biutichan!? Y encima embustero. ¿Ves por qué no creo en los hombres? ¡Pero por qué todos mienten, puñeteros!”, gritó histérica. Menos mal que es mi madre y me ama… ¡Le va cabrón!)
Tristemente, mami tenía razón. A mí nada más se me ocurre salir con un biutichan (¡y contárselo a mi madre!). Es algo así como irte a un date con un espejo gigante de frente todo el tiempo. ¡Incomodísimo!
Tras unas 3.5 botellas de sake, para ser específica, nos fuimos a bailar. No había de otra. Con senda nota, más me valía que me moviera un poco. Ya las piernas estaban adormecidas y la moral distraída, como dice mi amiga Angie.
Divertida. Pecaminosa. Prometedora. La noche estaba inquieta.
Bailamos un poco, compartimos con un bonche de amigos franceses bastante dramáticos (valga la redundancia) y hasta nos encontramos con mi amigo escritor, Eddie, que no veía hace cinco años. ¿El gadejo? Indiscutible.
Entonces, lo inesperado sucedió: Igor tenía chofer.
Carlos era un hombre simpático, fiable. Inteligente. Mientras nos manejaba a mi hotel, discutíamos algunas trivialidades, tales como las preferencias sexuales de Igor. “Dile que no me gustan los hombres, Carlitos. Dile”, repetía insistentemente. “Pero si yo no he dicho eso nunca”, riposté indignada.
Me bajé del auto cual señorita. Di las gracias y me dirigí a subir el elevador, cuando se escuchó un: “Espera, guapa, que subo contigo”, gritó el indecente. “Pos pa’ qué te digo que no, si sí”, respondió lo que quedaba de mi moral.
Acto seguido… Cuando el ser humano en cuestión se aprestaba a cumplir con sus labores masculinas, me aburrí. Cual ostra. De manera insospechada. “Vamos a descansar un poco, ¿no?”, dije esperanzada.
Y mi vida cambió.
“¿Estás bien? ¿Quieres que paremos? Is it too big?”, preguntó el hombre más seguro de sí mismo que jamás he conocido, cuya moral, claramente no estaba distraída. ¡Estaba DE VACACIONES en casa del carajo, la cabrona!
Vamos a ver… Hagamos uso de la lógica por un segundo. ¿Pero en qué mundo se ha visto que una mujer se canse en el acto “just because it’s too big!?” Que levante la mano quien prefiera descansar antes que una gran polla.
¡Estoy convencida de que esa mujer aún no nace!
Menos mal que es en estos momentos cuando esta compasión tan grande que Dios me dio entra en acción y el angelito opta por responder: “Es un poco grande, la verdad. And it’s been a while, you know…”
Mientras tanto, el diablito, que no se quiere pa’ ná’ y que le encantan las malas palabras, piensa: “¿¡Too big, so canto de cabrón!? Aquí lo único grande que hay es tu bocota. ¡Si la tuvieras grande ni estaríamos teniendo esta conversación, macho de mierda!”
La mañana siguiente *usualmente es un BIG DEAL. But guess what? Con este, nacariles del Oriente. Yo, desvelada porque el muy desgraciado no sólo fue capaz de dormir como un lirón, sino que roncaba más que el carajo, nos despedimos amablemente y quedamos en hablar más tarde. Claro que para mí, todo estaba dicho. En su mente, albergaba la esperanza de repetir la hazaña y ponerle fin al acto inactuado. En la mía, sólo cabía la duda: “Was it too big?”. En parte porque todavía no salía de mi asombro ante su osadía y eso me confundía. En parte porque tenía un hangover cabrón y mi memoria es selectiva. Y en parte porque estaba indignada.
Al rato, me fueron a buscar al hotel mis amigos Lori y su dude, Dave. En el carro, de camino a Venice Beach, les conté lo sucedido. Entre carcajadas, decidimos unánimemente que en adelante, nos referiríamos a este inescrupuloso como: ‘Mr. Too Big’.
Nada como un burrito descomunalmente inmenso para bajar la nota. Sobre todo después de semejante fiasco. Que al final, size DOES matter!
Dave, tan amable como siempre, fue a comprarlos mientras Lori y yo seguíamos buscándole explicación a lo inexplicable. “Chica, ¿pero qué habré hecho yo pa’ merecerme esto?”, repetía una y otra vez. “Tranquila, amiga. No estás sola. Mi prima me contó la semana pasada que su novio de dos años le preguntó lo mismo el otro día mientras follaban”, dijo Lori con compasión. “¡No jodas! ¿Y qué respondió la pobre?”, cuestioné intrigadísima. “Here. Bean burrito for Lori and veggie burrito for you”, interrumpió Dave. “Thanks, dude”, dije. “Sure. I hope it’s not too big”, añadió el hijo de la gran puta desmorcillao de la risa. Le quedó bueno el chiste al cabrón… Para no desenfocarnos, Lori añadió rápidamente: “Nena pues ella le metió un embuste. Le dijo que claro que su polla es la más grande que ha visto en su vida. Hello, más vale un pájarito en mano, que cientos de pollones volando...”
Conste que no estoy tan convencida de esto, pero claro que comprendo ese pensamiento. Después de todo, a vagina llena, corazón contento, ¿no?
(Fast forward… Hace apenas un mes, o sea, dos años más tarde del fatídico encuentro, estaba en México en una producción de trabajo cuando de repente, me da con compartir esta abominable historia con mi amigo el fotógrafo. Por supuesto que omití el nombre real de Mr. Too Big. Dos horas más tarde, visiblemente pensativo e intranquilo, el fotógrafo susurró en mi oído izquierdo: “Igor Montalbán”.)
Indiscutiblemente, el mundo es un pañuelo y hay que portarse bien. Que lo que aquí se hace, aquí se paga. Eso ya lo sabía. Lo que no entiendo es cómo un hombre (que by the way, no llega ni a los 5 pies, 5 pulgadas de estatura) crea fama y luego se acuesta a dormir en paz, como si nada. O mejor dicho, te acuesta a dormir… ¡Y sin nada!
Esto es simplemente, ¡IN-COM-PREN-SI-BLE!
© Diva Silente