7 de agosto de 2011
¿Quién es el más bonito? O la más pendejita, mejor dicho. Sí. Porque resulta que después de tanto nadar he venido a morir en la orilla de mi propia playa privada.
Me explico.
Luego de hacer cientos de listas con datos específicos y características (no negociables) que debería tener ese gran ser humano especial que vendría a liberarme de mis miedos, a resolver mis mal de amores, a soportar mi intensidad y a amarme “just as I am”, me llegó un clon. Alguien que no se parece más a mí porque no nació dos meses (exactamente!!!) después.
Si siempre he dicho y requete sabido que al universo hay que pedirle con especificaciones… “¡Pero cómo he sido tan gilipollas!”, me repetí una y otra vez el día en que me di cuenta de lo que había hecho.
Una tarde veraniega caminaba yo de la mano de mi más reciente víctima, cuando entre argumentos filosóficos y mucha mierda, me di cuenta de que estaba saliendo conmigo misma. “We’re two stubborn motherfuckers”, dijo el holograma belga.
“La puta que me recontramil parió 200 mil veces”, me dije a mí misma, o quizás a él, porque ya para este punto no me cabía duda de que era cierto que somos más parecidos de lo que hubiésemos pensado (¡ni deseado!).
Menuda trampa que la vida me ha puesto.
Resulta que ahora ando como con un espejito en frente las cabronas 24 horas del día los putos siete días de la semana. Cuando lo pienso racionalmente me doy cuenta de que es un gran experimento porque nunca había estado con nadie capaz de ser tan intenso como yo, entre otras maravillosas cualidades.
Por alguna extraña razón, todas mis parejas (al menos las que valen la pena mencionar) siempre han sido mi opuesto: un hippie ‘happy-go-lucky’ gracias a la marihuana y a los Beatles de fondillo musical; un arquitecto de corazón noble, con problemas de comunicación y una pizca de fobia social; un calvo que vive en casa del carajo y ama los perros; un físico que no cree nada más que en la luz eléctrica y cuestiona hasta la existencia de su propia madre, entre otros.
Todos hombres maravillosos y únicos, conste. A todos los he querido a mi propia manera loca, pero siempre intensa, conste. Pero ahora que me ha llegado el curita de mi pueblo puedo decir que aquéllos cuatro para nada se parecían a mí. Es más, lo único que teníamos en común era que nos gustaba la misma persona. O sea, yo.
Cuando me remonto un poco a mi historia, por aquello de no conformarme con lo que mis hormonas me gritan (“¡nena sal corriendo mientras puedas, que pa’ luego es tarde!”), me doy cuenta de que la gata Flora es una pendeja al lado mío. Sí, aquella a la que si se lo meten grita y si se lo sacan llora. La misma que viste y calza.
Todavía recuerdo mis conversaciones con mi amiga la que lo sabe todo. Recuerdo cómo le decía que ya estaba lista para un hombre de verdad. Uno que me quisiese tal cual soy y que comprendiese mi nivel de demencia y que incluso lo viera como un plus. Uno que pudiese leer mi blog y simplemente decir: “qué funny”. Uno que me llevase de la mano a caminar por sitios nuevos, sin miedo, sin ganas de salir corriendo en la dirección contraria. Uno que me hiciese el amor todas las noches y me llevara a desayunar la mañana siguiente. Uno que me enseñase que dos son más que uno. Y si, por casualidad, ese uno me hiciese también el laundry, simplemente, sería el hombre perfecto.
Bueno, pues pa’ qué les digo que mi victim tiene todo eso… y un poco más.
¡Y he aquí lo jodido!
Este ser humano maravilloso se me ha parado de frente y, cuando menos lo espero, cuando las putas hormonas van al acecho, se me nubla la vista y me convierto en Michael Jackson. Como en su canción Man in the mirror, quiero decir.
Porque para ser exacta, llevaba más o menos 19 días, 500 noches y 6.5 años sin sentir lo que siento hoy. Viajé el mundo buscando ese sentimiento que una vez experimenté con un gringo buena gente que me dejó por otra, pero fue lo más lindo que me había pasado a mis cortos 21 años. (No presure, joni!)
Para ser exacta, conocí a más o menos 87 hombres en el proceso. Unos cuantos gays y otros tantos, imbéciles. Mis años de soltera han sido muy, MUY importantes en mi desarrollo como ser humano (¡y en mi desarrollo sexual, obvio!). De eso no me cabe duda.
Y como mujer desarrollada que soy hoy (en parte gracias a que mi holograma belga cree en “mi capacidad de ver todo fuera de las cajas convencionales que nos impone la sociedad”, según me explica en su idioma favorito: mexicano) puedo sentarme y hacer esta gran lista con el mero afán de confrontar todos y cada uno de mis miedos. Es la lista de mis descubrimientos, cual Cristóbal Colón. Cosas de mí que he podido ver claramente desde que lo conocí.
Hela aquí:
- Soy tremenda hija de la gran puta cuando no confío.
- Muchas veces no confío porque no entiendo.
- No acepto que no entiendo porque soy orgullosa.
- Mi orgullo me detiene de mostrar lo que siento (verdaderamente).
- Me cuesta mucho saber qué carajo siento verdaderamente porque no quiero sentir.
- No quiero sentir porque no quiero que me hieran.
- No quiero que me hieran porque soy la más pendeja cuando me enamoro.
- Me enamoro profundamente (no siempre de la persona indicada, pero sí de gente muy especial, como única).
- Me gusta que soy única, pero todavía me jode mucho cuando siento que no encajo.
10. Tengo miedos. Muchos más de los que quiero admitir.
11. No admito que tengo miedos porque soy orgullosa.
12. Soy orgullosa porque me da la gana.
13. Me da la gana porque soy terca.
14. Soy una stubborn motherfucker.
15. ¿Ya dije que soy orgullosa?
Y tras varias conversaciones con mi holograma belga, un hombre con un seso impresionante y una capacidad increíble de separar la emoción de las palabras, éstas son las conclusiones de mis descubrimientos:
- La mayoría de las hijas de la gran puta son profundamente infelices.
- Preguntar es de sabios.
- Asumir es de ignorantes.
- Dejarse querer es de valientes.
- Sentir es mucho más cool que no sentir at all.
- Sin heridas no hay paraíso (¡ni sin tetas, claro!).
- Prefiero ser pendeja enamorada (y bien follada) que pendeja amarga (y horny).
- Echando a perder se aprende más.
- En el mundo de los excepcionales no hay fórmulas infalibles.
10. El miedo no existe.
11. El orgullo no existe.
12. Los cojones se los dio Dios al hombre por algo.
13. La terquedad no es más que producto del miedo a lo desconocido. Y como el miedo no existe, ¡se jode!
14. Nada peor que DOS stubborn motherfuckers juntos!!!
15. Me quiero.
De toda esta catarsis, lo más interesante ha sido darme cuenta de que cuando le hablo a mi belga, es como si me hablase a mí misma. Eso me ayuda a relajarme y cooperar un poco. Porque me quiero. Me quiero mucho.
Así que mientras logro consolidar ambas listas y hacerlas sólo una, porque todo es un puñetero proceso, he decidido comenzar por decirme cosas lindas cada vez que las sienta. Por ejemplo: Me extraño. Me gusto. Me amo.
Que con suerte, cuando Colón baje el dedo, tendré los huevos de admitir lo que realmente siento. Y para entonces, sólo será cuestión de cambiar el pronombre “me” por “te”.
"Espejito, espejito: ¿quién es la más lista?" Buaaaaahhhhh!!! I win.
© Diva Silente