Un día me levanté y tenía novio. Sin darme cuenta, me enamoré. Convencida de que debía impresionarlo (para que me amara aún más), comencé a escribir cuentitos.
Así nació este blog. Claro que meses más tarde, ya no tenía novio. Después de muchas lágrimas (y de unas cuantas mandás pa'l carajo) ¿qué me quedó? Mis letras... Las mismas con las cuales (noche tras noche) logré superar mi pena. Porque la risa es la mejor terapia... Aquí se las dejo. ¡Mucho love!
¿Quién es el más bonito? O la más pendejita, mejor dicho. Sí. Porque resulta que después de tanto nadar he venido a morir en la orilla de mi propia playa privada.
Me explico.
Luego de hacer cientos de listas con datos específicos y características (no negociables) que debería tener ese gran ser humano especial que vendría a liberarme de mis miedos, a resolver mis mal de amores, a soportar mi intensidad y a amarme “just as I am”, me llegó un clon. Alguien que no se parece más a mí porque no nació dos meses (exactamente!!!) después.
En el mundo de la física, es lógicamente imposible que ambas situaciones se diesen simultáneamente. En mi mundo, esta paradoja se define como aquello a lo que no podemos resistirnos, aun cuando sabemos que el resultado final será simplemente imposible de cambiar o quizás, ni exista.
Por ejemplo, la pasión y el amor.
Muy bonito el pensamiento, ¿eh? ¡Pero ojo al piojo! Que esto que parece ser muy romántico también puede ser bastante jodido de entender. Y para colmo, se puede aplicar a muchos aspectos de nuestras vidas.
Los hay
de muchos tipos. Están los que te llegan como predestinados, los que asumes
como experiencias de la vida (aunque no estés de acuerdo con el resultado), los
que ni te enteras por qué suceden, y mis favoritos… ¡los inesperados!
Hace
apenas dos meses, recibí la visita de una de las personas que hizo mis días en
Madrid únicos. Mi gran amigo (y peluquero personal), Miguel. A Migue, como le
digo de cariño, hacía par de meses que no le veía. Pero en nuestro más reciente
encuentro, quedamos en que para cambiar el apestamiento en el que vivía debido
a un “mid-life crisis” prematuro, término que jamás pude traducir al español de
manera adecuada, tendría que venir a NY.
Quienes la conocen, disfrutarán y tendrán una experiencia religiosa al leer este cuento. Quienes no tienen el placer, simplemente podrán atar algunos cuantos cabos que los ayudarán a comprender mi nivel de demencia.
Les presento a la madre que me parió.
Y como para mí las palabras son espejo del alma, pues he creado junto a mis dos hermanas, una gran lista de frases típicas que describen la grandeza del seso de mi amantísima progenitora. Una dama sumamente formal, seria por naturaleza, profesional de siete pares, elocuente cual político… Simplemente, la sabiduría hecha mujer.
Sea la madre del que programó el puñetero iPod con las emociones. O, ¿me van a negar que cada vez que están tristes, melancólicos, encabronaos, belicosos, el bendito aparatito toca esa canción (¡ESA canción!) que nos recuerda lo sucedido (o no sucedido)?
Les juro que no miento. Que no es casualidad, coño.
Recién llegaba yo de unas lindas vacaciones por Portugal y el sur de España con mi novio oficial de entonces. Y digo oficial, para que no lo vayan a confundir con el extraoficial. El primero era boricua, el segundo, gringo. Así que tampoco es que soy tan boluda, ¿eh? Que de Juan a Chris hay bastante…
Hay dos cosas en la vida que toda (repito: TODA) mujer debe hacer antes de morir: tirarse a un argentino y tirarse a un brasileño. O a dos o tres. Todos los que sean necesarios para superar un mal de amores. O pa’ matar la curiosidad, que se joda.
Es que ser mujer es una gran cualidad. Sin embargo, de mi condición femenina, hay algo de lo que no estoy demasiado orgullosa: ¿Alguna vez te has cuestionado por qué Dios le dio a la mujer la capacidad de hablar sin respirar, alto con cojones, opinando sin cesar y cambiando de tema con cada suspiro?
¡Y todas también! Vaya lección que me ha tocado aprender a mí en estos días. Resulta que estar equivocada no siempre es tan cool, pero comprender (y aceptar con humildad) en qué fallaste, sí que lo es.
Como que uno madura algo con estos quilombos del corazón, joder. Les cuento que a varias semanas de que volvieran y revolvieran a mi vida, me ha pasado algo insólito: cometí un error.
Han sido
tantas las veces que me he encontrado en la encrucijada esa de no saber
si estoy siendo cautelosa al reabrir mi corazón o si simplemente estoy
cagá del miedo…
Es que no es fácil. No sólo el ser humano tiene
la tendencia a protegerse de sufrimientos, mal de amores y celos
pasmaos, sino que también es mucho más fácil decir: “Pa’llá mejor ni
miro’”.
…
Y algunos también revuelven. Es increíble cómo esta teoría de que todos
regresan en algún momento puede aplicarse de manera universal. Porque
no importa de dónde vengan, ni qué idioma hablen. Siempre vuelven.
Y
como me gusta encontrarle el lado amable a todo, pues les cuento qué
sucedió después de aquella tarde de encabronamiento absoluto.
Siempre me ha
parecido fascinante la habilidad que tenemos las mujeres de tardarnos
con cojones, cuando de olvidar un mal amor se trata. Vamos, que no
importa cuán hijo de puta haya sido el ahora “Difunto”, nos quedamos
más pegás que un sticker.
Lo que en principio suena a desamor,
duelo, congoja y sufrimiento, un ratico después se convierte en un gran
suplicio para quienes tienen que rasparse la misma historia una y otra
vez. O como dice mami, “en una tremenda cantaleta”.
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